Hay
flores pintadas con tiza en la cocina.
El tacto
irreal de tu cuerpo es la pizarra,
como si
en la yema de mis dedos
hubiera
quedado anclada para siempre
la
memoria de tu tacto.
Toco la
superficie de la mesa
y te
recuerdo. Toco las paredes rugosas
de la
casa que te nombran.
Arrastro
las gotas de rocío que la noche
depositó
en las ventanas mientras
te
alejas, calle abajo,
abres la
puerta del coche,
enciendes
el motor.
Y
desapareces al doblar la esquina, camino del trabajo,
sin saber
que te observo.
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