Amo una ciudad
que se extiende
en mi memoria,
una ciudad que tiene
tus ojos y mira
al mar.
Amo una ciudad
del mismo modo
en que amo
los paisajes
de noviembre,
con esa cierta
dosis de indolencia
necesaria para
sobrevivir con dignidad.
Llámalo,
si prefieres,
hacerse el tonto.
hacerse el tonto.
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