domingo, enero 20

yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos dakota #9

... Y volvemos a ser torpes.

Busco una palabra para cada pieza del mundo y tengo ganas de dejar atrás estas paredes manchadas de humedad, la persiana desencajada, las latas vacías de cerveza, los ceniceros llenos de piedras. Tengo ganas de dejar atrás las bisagras que chillan, la moqueta azul desflecada, los milagros, los polvos mágicos, el sonido de un saxofón que llega al patio interior desde la esquina de la calle, las palomas que tiritan, a veces de miedo, a veces de frío, y mueren hambrientas y enloquecidas en los callejones. Tengo ganas de dejar atrás tantas palabras. Y salir a pasear contigo.

Yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos Dakota. Yo jamás hubiera encendido velas en Central Park para recordarte. Ahora todos quieren saber donde está la pistola con una bala de plata en el tambor. Me miran en silencio. Serios y diminutos se creen muy listos. Dicen que asustado salí corriendo y la tiré al Hudson. Pero no es verdad. Yo estaba allí leyendo cuando todos, serios y diminutos también, llegaron y dijeron que estabas muerto.

Algunas noches llegaba cansado a casa después de estar el día entero pintando la ciudad. Tú me esperabas en el salón viendo películas que hicieron en Hollywood en los años cincuenta. Llevabas puesto un sombrero. Y nada más.

¿Qué dirá ahora tu padre cuando tenga que reconocer en la mesa fría el cuerpo roto de su hija tendido sin nota de despedida a los pies de la ciudad?

Nos perseguía el invierno, noviembre cuando el otoño apareció acribillado a tiros en el portal de la mañana. Silbaba el domingo un viento culpable la noche en que se escucharon los disparos, el légamo abisal donde dormían las pistolas, las lágrimas imposibles en un tiempo imparable. Todas las monedas que encontraste. Todas las suertes que tuvimos.

Y gastarían las horas en hoteles baratos de días nublados en relojes que, tarde o temprano, serían devorados por el mar. Y gastarían las horas con sombreros que duermen encima de televisiones encendidas, espejos mal colgados, llamadas de teléfono que nadie contesta, el periódico de ayer, el ruido de la aspiradora golpeando contra las paredes, los seis mil doscientos pasos que hay de aquí al mar, las tiendas de licores y tabaco que abren de madrugada para atender a los desesperados, los suicidas que se agigantan en el último instante y se atreven a saltar. Quiero seguir sorprendiéndome cuando llego por la noche a las ciudades de tu cuerpo.

Desheredados. Los últimos reyes de la tierra. Avanzan. Decididos.

nuevayorksanfrancisco.octubrenoviembre2007

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