domingo, enero 27

yo jamás te hubiera esperado en la entrada #7

... los caminos para escapar de la tormenta.

Entre el sol y la cama de la noche deshecha el perfil de tu cuerpo en el quicio de la puerta. En las manos traes dos cafés, dos huevos duros y tres manzanas. Las hojas de un sauce llorón atrapadas en el agua verde de la piscina en el patio interior del motel donde estamos escondidos. Acezas. Duerme, amor, que hoy llegaremos a las puertas de San Antonio. Conmover: mover fuertemente o con eficacia. El ruido del cigarrillo consumiéndose en la noche del desierto, el motor del coche caliente y desorientado, el juego de buscar adjetivos y unirlos a sus gestos. Desheredados, los últimos reyes de la tierra con manchas de mostaza dulce en los zapatos bailan una canción lenta al lado de un Ford enorme con las puertas abiertas.

Trece días. A los trece días de asedio sobrevivieron cientos de soldados y dos héroes. El tipo de la gasolinera me contó que en verdad los héroes no habían muerto defendiendo sus posiciones. Se disfrazaron de mujer y junto a ellas se escondieron en el sótano para librarse del fusilamiento. Pero fueron descubiertos, ajusticiados a la mañana siguiente y, de sus cuerpos al sol presa de los zopilotes, quedó una leyenda que se cuenta y se repite como cuentas de rosario.

Nunca te llevan el desayuno a la cama en los moteles de carretera. Aunque esté incluido en el precio y llegues antes que el amanecer a la cafetería, cuando la camarera despeinada y despistada está encendiendo la plancha, ordenando los tarros de azúcar, vertiendo el agua en la cafetera, arrascándose la nuca en un gesto automático de apoyo a toda esa rutina. Y da media vuelta entre asustada, liviana y disneica. Tiene la sonrisa escondida detrás de unos ojos tristes y restos de carmín en las comisuras. Deambula como alma en pena llena de miedo y sin descanso y te dice no, lo siento pero no puedes llevarte los cafés y las tostadas a la habitación. Y se queda mirándote en silencio, calibrando, pensando que, si se diese la oportunidad, tal vez, estaría dispuesta a acostarse contigo.

Paseamos calles vacías, carreteras cortadas que ya son leyenda, autopistas a punto de desaparecer bajo la tierra del desierto y que no llevan a ninguna parte. Te despiertas con la aurora y tomas café sentada frente a la ventana. Los camiones, gigantes amables, no dejaron de pasar en toda la noche. Ahora que el sol calienta, sentados en la calle bebemos café, hablamos de otras cosas. En el desierto echa siempre un vistazo en tus zapatos antes de calzarte. El hospital más cercano está a setenta millas y la sangre desde los pies hasta el corazón circula muy deprisa. Los coyotes abandonan la quebrada para continuar con sus andanzas. A esta hora ya debería haber llegado. Es tarde. A John Wayne han debido herirle los apaches en el desierto.

El coche tiene las llaves puestas y el asiento del copiloto echado hacia atrás. Por la carretera se acerca una patrulla de la policía mexicana. La línea imaginaria de la frontera nos parte en dos. Nos partimos. ¿Y si quedase el perfil de tus manos dibujado en la tapicería del techo?

Ella duerme un sueño...

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