miércoles, enero 23

yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos #8

... de tus manos dibujado en la tapicería del techo?

Ella duerme un sueño o una pesadilla. En la habitación de al lado, un tipo con gorra, bigote despeinado, camisa de cuadros verdes y vaqueros negros ajustados lleva ya más de diez cervezas y grita algo que no entiendo mientras ve jugar a los Mavericks en la televisión por cable. El desayuno se sirve a partir de las seis me dice la recepcionista, sorprendida aún del lugar de donde vengo. En una gasolinera a veinte millas de aquí nos dijeron que tuviéramos cuidado con los ciervos que cruzan de noche la carretera.

Hay heridas que te dejan canciones en la piel. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que volvamos a ser niebla?

Si hubiera tenido agallas para robar aquel coche a estas alturas estaríamos tan lejos, seríamos ya hijos de otro mar, de otro viento, de otra noche con estrellas de luz eléctrica, cervezas, tequila y limón, rubias baratas, guapos con el pelo grasiento y cómplices de todo ello ya no harían falta más tratos. Estaríamos siempre juntos. Si hubiera tenido agallas o hubiera sabido cómo hacerlo.

Una harmónica suena en la sombra cuando cruzamos a toda velocidad el cauce seco de un río. La radio da vueltas al dial pero no encuentra ninguna emisora. Estamos en las montañas ganadas arteras a los indios. Es tarde. A esta hora ya debería haber llegado. Han debido herir a Clint Eastwood los navajos en las montañas. Entró en el bar un camionero asustado. Acababa de atropellar un ciervo.

¿Qué diría ahora tu padre si viera bajo los neones del bulevar tu cuerpo desnudo en las fotografías que anuncian el comienzo de la temporada de espectáculos en el Bellagio?

Me jugué el último dólar que me quedaba, el que llevaba escrito tu epitafio, en una máquina tragaperras del primer casino al que me dejaron entrar en Las Vegas. Y lo perdí. Ella dijo tengo miedo de que esta ciudad sea mentira mientras me miraba y buscaba con las manos dentro de mi cuerpo.

Yo jamás te hubiera pegado cinco tiros. Yo jamás hubiera hecho de un libro mi declaración.

¿Puedes conseguirme un poco de gasolina?, preguntó pensativo mientras engullía con hambre de tres días una hamburguesa. Terminó. Saciado se limpió los labios con la servilleta. La estrujó en su mano izquierda y, al tiempo que lanzaba la bola de papel al plato vacío, encaró la mirada de su mánager quien, frente a él, conservaba aún una mueca de sorpresa en el rostro. Voy a quemarla. Aquella noche del pacífico en Monterey, después de un concierto mediocre, Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra.

El sol de California se cuela por la mirilla de la puerta. Ella se levanta temprano como cada mañana, sale a la calle y, sentada en la escalera, se desayuna dos naranjas y un cigarrillo. A su alrededor comienza a dar vueltas la mañana. Ella regresa con el sabor de la fruta en los labios. Y volvemos a ser torpes.

Busco una palabra para cada pieza...

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