Desheredados, los últimos reyes de la tierra con manchas de grasa en las solapas, el pelo sucio y alborotado y los ojos hinchados persiguen octubre en estaciones de tren, se acuestan con putas baratas aunque podrían hacerlo con las más caras y gastan balas de plata disparando al cielo de los vampiros en los pantanos. Comparten palabras en vena con los heroinómanos del bulevar y duermen los días tirados en los suelos limpios de los aeropuertos o en las camas de hoteles de cinco estrellas en los que les dejan entrar sólo porque caminan descalzos y donde las chicas de la limpieza les preguntan sorprendidas cómo fueron capaces de cruzar el río y encontrar la ciudad agazapada en la noche.
John Lennon nació en otoño y en el invierno de mil novecientos ochenta vivía con su mujer y su hijo en la planta dieciocho del edificio de apartamentos Dakota, en el margen oeste de Central Park, en Nueva York. La noche del ocho de diciembre, cansado volvía a casa después de grabar una canción en un estudio de Brooklyn. Se bajó de la limusina y cerró la puerta. Anduvo diez pasos y la misma mano que por la tarde estrechara, le pegó cinco tiros en la espalda.
Te escribo para decirte que estoy bien. Las luces del aeropuerto ya están encendidas. He entregado el pasaporte y los mapas, las monedas pequeñas y frías. Sigo sintiendo ese dolor en el pecho, más agudo hoy que está nublado. Ayer fue la primera vez en mi vida que perdí un avión y me sentí bien. La cama de la pensión estaba limpia y el salón lleno de perros. Madrid está viva y sucia pero el metro te acerca a cualquier parte. Te escribo porque hoy el día se me va a hacer muy largo y los aviones despegan como si nada, como si no fueran conscientes del trabajo que deben generar para mantenerse suspendidos en el aire y avanzar. Si despacio me besa, cierro los ojos y la cafetería y los escaparates de la avenida se desvanecen hasta que alguien a nuestro lado advierte aquí hace años ya que no se puede fumar, aquí todo es aire y billetes de cinco dólares, bocadillos de queso, hombres invisibles, ilusiones y suelos amarillos encerados y tan limpios que reflejan la suela de mis zapatillas viejas y la cicatriz triangular en mi barbilla. ¿Les dije ya que aquí hace años que no se puede fumar? Si quiere, la señorita puede venir conmigo y le diré donde. Te escribo para decirte que estoy bien y que cuando llegue a Manhattan tengo pensado hacer fotografías en Central Park y volverte a escribir. Y hacer fotografías. Despacio me besa otra vez en los labios y cierro los ojos.
Tú y yo tenemos los días...
John Lennon nació en otoño y en el invierno de mil novecientos ochenta vivía con su mujer y su hijo en la planta dieciocho del edificio de apartamentos Dakota, en el margen oeste de Central Park, en Nueva York. La noche del ocho de diciembre, cansado volvía a casa después de grabar una canción en un estudio de Brooklyn. Se bajó de la limusina y cerró la puerta. Anduvo diez pasos y la misma mano que por la tarde estrechara, le pegó cinco tiros en la espalda.
Te escribo para decirte que estoy bien. Las luces del aeropuerto ya están encendidas. He entregado el pasaporte y los mapas, las monedas pequeñas y frías. Sigo sintiendo ese dolor en el pecho, más agudo hoy que está nublado. Ayer fue la primera vez en mi vida que perdí un avión y me sentí bien. La cama de la pensión estaba limpia y el salón lleno de perros. Madrid está viva y sucia pero el metro te acerca a cualquier parte. Te escribo porque hoy el día se me va a hacer muy largo y los aviones despegan como si nada, como si no fueran conscientes del trabajo que deben generar para mantenerse suspendidos en el aire y avanzar. Si despacio me besa, cierro los ojos y la cafetería y los escaparates de la avenida se desvanecen hasta que alguien a nuestro lado advierte aquí hace años ya que no se puede fumar, aquí todo es aire y billetes de cinco dólares, bocadillos de queso, hombres invisibles, ilusiones y suelos amarillos encerados y tan limpios que reflejan la suela de mis zapatillas viejas y la cicatriz triangular en mi barbilla. ¿Les dije ya que aquí hace años que no se puede fumar? Si quiere, la señorita puede venir conmigo y le diré donde. Te escribo para decirte que estoy bien y que cuando llegue a Manhattan tengo pensado hacer fotografías en Central Park y volverte a escribir. Y hacer fotografías. Despacio me besa otra vez en los labios y cierro los ojos.
Tú y yo tenemos los días...
1 comentario:
Tus textos no dejan de sorprenderme. Tienen fuerza, pasión, mucha pasión........ Un abrazo y sigue escribiendo!
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