... labios y cierro los ojos.
Tú y yo tenemos los días contados. Veintiocho como un número y los leones que duermen a la sombra de los acantilados un sueño sin lágrimas. Busco algo que se esconde en el silencio de las palabras, en el tiempo de la aurora, en los coches aparcados en las cunetas a medianoche, en los coches que tienen las luces apagadas y vapor de agua en los cristales. Pronto se abrirá el día hoy que le gano cinco horas a la muerte. Busco una palabra para cada pieza del mundo.
Los helicópteros iluminan el cielo de Manhattan. Estuve tres horas detenido en la comisaría del aeropuerto. Maldecía mi suerte sin saber que en la puerta de salida me esperaban un café caliente y una acera fría, un par de manzanas, un cigarrillo y una ciudad con los dedos llenos de luces de neón, escaleras de incendio, ladrillos rojos, la calle veinte con Broadway, una ducha de agua caliente y ese olor conocido en su cuello tamizado por la lluvia en azoteas de edificios antiguos. Entonces la sombra de las torres de Manhattan se convirtió en mariposas negras. Tú y yo tenemos los días contados. Encaramado en la litera de un hotel en la calle diez escucho el quejido de la calle y hojas de otoño en árboles ardiendo. Los rascacielos bostezan hartos de sentirse observados. La banca gana, la noche que aún no llega, los días azules, las avenidas llenas de gotas que colman vasos.
Ella se desviste y cubre su cuerpo de manos. Respira en silencio y acude a la noche como quien camina sin mirar atrás. Las sirenas de la policía apuñalan las horas mordaces de la madrugada. Ella cubre su cuerpo de manos. Avanza intrépida, decidida, con el miedo como un punzón en los talones y los ojos sucios. Se desviste, se cubre, se adentra en algún lugar para mí desconocido, en la tierra fértil de un día nuevo, en esa sensación de tiempo que no es siempre el mismo, donde una verdad es más cierta porque es relativa.
Yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos Dakota.
Sentados en la terraza de un bar en Little Italy la tarde pinta sombras en tu rostro cansado, los ojos en ascuas que el alcohol ha incendiado, tu risa que rompe diques y se desborda. Un cigarrillo. Dos. Tres las horas invencibles que esconden ejércitos furiosos. Si tuviera tiempo, qué no te besaría esta noche. El alcohol prende, el alcohol incendia, el alcohol escuece, el alcohol sana. Tengo ganas de partirte en dos. Tengo ganas de encerrarme contigo en una habitación con ventanas a Elizabeth Street. Tengo ganas de comerte los ojos. Si tuviera tiempo, qué no te besaría.
Era frío de mil novecientos sesenta y cinco y Muhammad Alí perdía el conocimiento al golpearse la cabeza contra la lona a la que le había enviado el uppercut certero del puño de Joe Frazier. Era el Madison Square Garden que se quedó en silencio y otro soldado con el regusto ácido del napalm en la garganta. Era frío de los sesenta. Frío de Nueva York. Soy tan rápido que anoche apagué la luz de mi habitación y me metí en la cama antes de que la habitación estuviera a oscuras.
¿Qué queda detrás de las palabras? ¿A quién pertenece la ciudad cuando está dormida? ¿Y si la ciudad no durmiera y es que se va muriendo poco a poco? Un negro enorme, sonriente y educado alquila bicicletas en una esquina de Times Square. Nos espera un avión en el aeropuerto de las seis y media. Yo acabo de perder la paciencia en una habitación con moqueta roja y palabras y caricias de ojos cerrados en las esquinas. En un hotel de la calle veintitrés he perdido las manos.
Te escribo para decirte...
Tú y yo tenemos los días contados. Veintiocho como un número y los leones que duermen a la sombra de los acantilados un sueño sin lágrimas. Busco algo que se esconde en el silencio de las palabras, en el tiempo de la aurora, en los coches aparcados en las cunetas a medianoche, en los coches que tienen las luces apagadas y vapor de agua en los cristales. Pronto se abrirá el día hoy que le gano cinco horas a la muerte. Busco una palabra para cada pieza del mundo.
Los helicópteros iluminan el cielo de Manhattan. Estuve tres horas detenido en la comisaría del aeropuerto. Maldecía mi suerte sin saber que en la puerta de salida me esperaban un café caliente y una acera fría, un par de manzanas, un cigarrillo y una ciudad con los dedos llenos de luces de neón, escaleras de incendio, ladrillos rojos, la calle veinte con Broadway, una ducha de agua caliente y ese olor conocido en su cuello tamizado por la lluvia en azoteas de edificios antiguos. Entonces la sombra de las torres de Manhattan se convirtió en mariposas negras. Tú y yo tenemos los días contados. Encaramado en la litera de un hotel en la calle diez escucho el quejido de la calle y hojas de otoño en árboles ardiendo. Los rascacielos bostezan hartos de sentirse observados. La banca gana, la noche que aún no llega, los días azules, las avenidas llenas de gotas que colman vasos.
Ella se desviste y cubre su cuerpo de manos. Respira en silencio y acude a la noche como quien camina sin mirar atrás. Las sirenas de la policía apuñalan las horas mordaces de la madrugada. Ella cubre su cuerpo de manos. Avanza intrépida, decidida, con el miedo como un punzón en los talones y los ojos sucios. Se desviste, se cubre, se adentra en algún lugar para mí desconocido, en la tierra fértil de un día nuevo, en esa sensación de tiempo que no es siempre el mismo, donde una verdad es más cierta porque es relativa.
Yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos Dakota.
Sentados en la terraza de un bar en Little Italy la tarde pinta sombras en tu rostro cansado, los ojos en ascuas que el alcohol ha incendiado, tu risa que rompe diques y se desborda. Un cigarrillo. Dos. Tres las horas invencibles que esconden ejércitos furiosos. Si tuviera tiempo, qué no te besaría esta noche. El alcohol prende, el alcohol incendia, el alcohol escuece, el alcohol sana. Tengo ganas de partirte en dos. Tengo ganas de encerrarme contigo en una habitación con ventanas a Elizabeth Street. Tengo ganas de comerte los ojos. Si tuviera tiempo, qué no te besaría.
Era frío de mil novecientos sesenta y cinco y Muhammad Alí perdía el conocimiento al golpearse la cabeza contra la lona a la que le había enviado el uppercut certero del puño de Joe Frazier. Era el Madison Square Garden que se quedó en silencio y otro soldado con el regusto ácido del napalm en la garganta. Era frío de los sesenta. Frío de Nueva York. Soy tan rápido que anoche apagué la luz de mi habitación y me metí en la cama antes de que la habitación estuviera a oscuras.
¿Qué queda detrás de las palabras? ¿A quién pertenece la ciudad cuando está dormida? ¿Y si la ciudad no durmiera y es que se va muriendo poco a poco? Un negro enorme, sonriente y educado alquila bicicletas en una esquina de Times Square. Nos espera un avión en el aeropuerto de las seis y media. Yo acabo de perder la paciencia en una habitación con moqueta roja y palabras y caricias de ojos cerrados en las esquinas. En un hotel de la calle veintitrés he perdido las manos.
Te escribo para decirte...
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