... un dolor punzante en el estómago.
Ojalá te parecieras un poco a Marlon Brando y yo, en lugar de en un coche alquilado, hubiera llegado a la ciudad en un tranvía.
¿Dónde estabas, amor, cuando empezó todo, cuando el viento batía las pérgolas y los quinqués colgados en los balcones del barrio francés hasta hacerlos saltar en añicos contra el techo?
Dejó escrito su epitafio en un billete de dólar que abandonó en la barra de aquel bar. Un collar negro de cuentas de vudú apareció la mañana siguiente colgado en el pomo de la puerta de su casa en el barrio de Marigny. La tormenta alcanzaba las playas y una orquesta tocaba en el altar de la catedral de Saint Louis. La tormenta se tornó en huracán. La orquesta estaba compuesta por veintidós músicos más el director. Todos tocaban instrumentos de viento.
Los músicos de jazz tienen algo de locos y algo de suicidas o de asesinos. Cuentan que muchos de ellos cargan algún muerto a sus espaldas, que muchos de ellos matan el dolor y los recuerdos tocando cada noche, sintiéndose libres, apretando el gatillo o agarrando con fuerza el talle de sus navajas.
Se marcharon de Nueva Orleáns tocando en los barcos que llevan al norte. Los burdeles donde empezaron fueron derruidos. El barrio rojo está cerrado. Olvidado. Esas calles ya no existen. No vuelvas a preguntar por ellas. Laissez les bons temps rouler. Deja que ellos abandonen la ciudad. Cierra la puerta con llave y quédate conmigo hasta que todo acabe. Cierra la puerta con llave y ven a acostarte conmigo. A veces hay canciones que se te quedan pegadas a la piel.
Podéis ahora maldecirme o ignorarme, reíros a mis espaldas, insultarme en los cafés, escribir infamias; pero pasarán las lunas y será mi música la que se escuche en los teatros y en las catedrales, en Vancouver y en Nueva Orleáns. Y no la vuestra.
¿Quién guarda las armas? ¿Quién tiene con los amigos cuentas pendientes? ¿Quién sabe dónde duerme el enemigo? ¿Quién escuchará el clangor que anuncie el fin de la batalla? ¿Cuántos versos hacen falta para desarmarte? ¿Cuántas personas hay en el mundo dispuestas a clavarme en el corazón una estaca?
El ruido del secador, los pies descalzos, las seis de la tarde, quiromantes, brujos y curanderos que sin preguntas te leen el pasado, el tacto áspero de las paredes mudas, las líneas de la mano, tus tetas desnudas. Hay canciones que se te quedan pegadas a la piel. Tú no tienes ni idea de cuánto duele esto. Jackson Square. La esquina de Bourbon con Saint Louis. Las noticias de los periódicos que nos recuerdan cuando fuimos niebla y estuvimos locos. ¿Cuántos versos hacen falta para desarmarte? Y anduvimos como locos.
En la ciudad que el huracán lanzó al aire y convirtió en mar los vagabundos pelean contra la noche dormidos en los bancos de la plaza de armas. En el patio interior del hotel tañen las campanas de la catedral. Son las seis de la tarde. La noche de los vampiros, el calor del golfo de México, las aguas grises del Misisipí, un vagabundo que, loco como lo estuvimos nosotros, llega a la noche en los soportales de Santa Ana y entona una canción con voz grave y se burla de los caminantes. Está escrito en los días: las tormentas más violentas siempre tienen nombre de mujer.
Una trompeta, un clarinete, dos guitarras...
Ojalá te parecieras un poco a Marlon Brando y yo, en lugar de en un coche alquilado, hubiera llegado a la ciudad en un tranvía.
¿Dónde estabas, amor, cuando empezó todo, cuando el viento batía las pérgolas y los quinqués colgados en los balcones del barrio francés hasta hacerlos saltar en añicos contra el techo?
Dejó escrito su epitafio en un billete de dólar que abandonó en la barra de aquel bar. Un collar negro de cuentas de vudú apareció la mañana siguiente colgado en el pomo de la puerta de su casa en el barrio de Marigny. La tormenta alcanzaba las playas y una orquesta tocaba en el altar de la catedral de Saint Louis. La tormenta se tornó en huracán. La orquesta estaba compuesta por veintidós músicos más el director. Todos tocaban instrumentos de viento.
Los músicos de jazz tienen algo de locos y algo de suicidas o de asesinos. Cuentan que muchos de ellos cargan algún muerto a sus espaldas, que muchos de ellos matan el dolor y los recuerdos tocando cada noche, sintiéndose libres, apretando el gatillo o agarrando con fuerza el talle de sus navajas.
Se marcharon de Nueva Orleáns tocando en los barcos que llevan al norte. Los burdeles donde empezaron fueron derruidos. El barrio rojo está cerrado. Olvidado. Esas calles ya no existen. No vuelvas a preguntar por ellas. Laissez les bons temps rouler. Deja que ellos abandonen la ciudad. Cierra la puerta con llave y quédate conmigo hasta que todo acabe. Cierra la puerta con llave y ven a acostarte conmigo. A veces hay canciones que se te quedan pegadas a la piel.
Podéis ahora maldecirme o ignorarme, reíros a mis espaldas, insultarme en los cafés, escribir infamias; pero pasarán las lunas y será mi música la que se escuche en los teatros y en las catedrales, en Vancouver y en Nueva Orleáns. Y no la vuestra.
¿Quién guarda las armas? ¿Quién tiene con los amigos cuentas pendientes? ¿Quién sabe dónde duerme el enemigo? ¿Quién escuchará el clangor que anuncie el fin de la batalla? ¿Cuántos versos hacen falta para desarmarte? ¿Cuántas personas hay en el mundo dispuestas a clavarme en el corazón una estaca?
El ruido del secador, los pies descalzos, las seis de la tarde, quiromantes, brujos y curanderos que sin preguntas te leen el pasado, el tacto áspero de las paredes mudas, las líneas de la mano, tus tetas desnudas. Hay canciones que se te quedan pegadas a la piel. Tú no tienes ni idea de cuánto duele esto. Jackson Square. La esquina de Bourbon con Saint Louis. Las noticias de los periódicos que nos recuerdan cuando fuimos niebla y estuvimos locos. ¿Cuántos versos hacen falta para desarmarte? Y anduvimos como locos.
En la ciudad que el huracán lanzó al aire y convirtió en mar los vagabundos pelean contra la noche dormidos en los bancos de la plaza de armas. En el patio interior del hotel tañen las campanas de la catedral. Son las seis de la tarde. La noche de los vampiros, el calor del golfo de México, las aguas grises del Misisipí, un vagabundo que, loco como lo estuvimos nosotros, llega a la noche en los soportales de Santa Ana y entona una canción con voz grave y se burla de los caminantes. Está escrito en los días: las tormentas más violentas siempre tienen nombre de mujer.
Una trompeta, un clarinete, dos guitarras...
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