... ya era demasiado tarde?
Los vaqueros limpian el polvo acumulado en las alas de sus sombreros. Los cantantes de honky tonk beben tequila en vasos pequeños que después lanzan contra los espejos y tienen los brazos tatuados, el pelo engominado, los ojos azules y audaces. Yo escucho canciones que me hacen recordarte. Las tardes en el piso alquilado en las afueras, encima del taller de coches que un día pintaron de verde, cuando mi padre escuchaba esos discos y pedía silencio. Los vaqueros limpian el barro de sus botas de piel porque las calles del distrito están sucias después de llover. Dos guitarras, un batería, un contrabajo y una rubia borracha que se arrima a cualquiera. Ya tiene cerveza suficiente. Ahora quiere, al menos, una hora de afecto.
No dijo nada. Me pidió que me fuera. Cuando abrí la puerta, se levantó y gritó frente a la ventana que era mentira. Que todo era una puta mentira.
Yo jamás te hubiera disparado por la espalda. Yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos Dakota. Jamás.
A las siete de la tarde del cuatro de abril de mil novecientos sesenta y ocho en Memphis algunos dicen que James Earl Ray llevaba tres horas sentado frente a la ventana, sin apenas variar la postura de su cuerpo. Estaba a punto ir a mear cuando la oportunidad le encontró apoyando las manos en el alféizar para levantarse. Se sentó de nuevo, despacio. Amartilló el Remington que le habían prestado. Y no la desaprovechó. Después se marchó en un Mustang blanco camino de Atlanta.
Ahora sé que tenemos que largarnos cuanto antes de aquí, llegar hasta el sur, beber cerveza, escuchar jazz. Tengo ganas de partirte. Los hoteles de Memphis tienen lluvia en las ventanas y patos que cruzan la entrada dos veces al día para ir a nadar a los pantanos. Tú sigues tumbada a mi lado en la cama mirando al techo. Tú sigues intacta y esta ciudad nos ha vencido. Alguien disparó dos veces en un barrio del sur y la policía lo está buscando. Vigilo mi espalda en las avenidas, en la calle que cruzó la bala que mató a Martin Luther King, en los oscuros garitos a donde en mil novecientos setenta y seis acudían los amigos de Elvis para conseguir anfetaminas. Guardaespaldas, sicarios, lameculos que siguen sentados en Thunderbirds aparcados en Presley Bulevar vigilando día y noche a las puertas de Graceland, ahora que Priscilla ya no les deja entrar. No es fácil vivir cada día con el fantasma de un Elvis al que nunca llegaron a conocer. Ahora sé que tenemos que largarnos cuanto antes. En mil ochocientos treinta y ocho el gobierno expulsó a los cheroquis hacia el oeste por el sendero de las lágrimas. Deja encendido el motor, robaré unas gafas de sol apuntando con el dedo a la dependienta y saldré corriendo. Con rabia doblaremos la esquina en Union Street y no volverán a saber nada de nosotros. Quítate la ropa. Aquella noche tu padre te pegó fuerte porque te habían visto bailando en los garitos de los negros. Sé que si me lo propusiera haría tratos con el diablo. Martin Luther King y Elvis están muertos. ¿Lo sabías? Les lloran en Harlem y en algún pueblo pequeño y polvoriento de Louisiana. Te escribo para decirte que hoy no estoy bien. Nos vamos, camino del sur, oliendo a polvo.
A las afueras de Memphis la lluvia no da tregua. Tus manos no dan tregua. Trescientas cincuenta millas antes de llegar a Nueva Orleáns cae la tarde. Los caimanes se adentran en las aguas grises del río Misisipí. Un barco de vapor surca el río. Del piso más alto lanzan al agua el cuerpo de otro tahúr vencido. Los caimanes olieron la sangre cuando escucharon los disparos.
El veintiocho de agosto de dos mil cinco en Nueva Orleáns, Tiffany caminaba en dirección al trabajo. Al doblar la esquina en Canal Street una ráfaga de viento tumbó un cubo de basura. Seis bolsas negras y restos de comida se esparcieron en la acera. Tiffany se detuvo, miró al cielo y sintió un dolor punzante en el estómago.
Ojalá te parecieras un poco a...
Los vaqueros limpian el polvo acumulado en las alas de sus sombreros. Los cantantes de honky tonk beben tequila en vasos pequeños que después lanzan contra los espejos y tienen los brazos tatuados, el pelo engominado, los ojos azules y audaces. Yo escucho canciones que me hacen recordarte. Las tardes en el piso alquilado en las afueras, encima del taller de coches que un día pintaron de verde, cuando mi padre escuchaba esos discos y pedía silencio. Los vaqueros limpian el barro de sus botas de piel porque las calles del distrito están sucias después de llover. Dos guitarras, un batería, un contrabajo y una rubia borracha que se arrima a cualquiera. Ya tiene cerveza suficiente. Ahora quiere, al menos, una hora de afecto.
No dijo nada. Me pidió que me fuera. Cuando abrí la puerta, se levantó y gritó frente a la ventana que era mentira. Que todo era una puta mentira.
Yo jamás te hubiera disparado por la espalda. Yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos Dakota. Jamás.
A las siete de la tarde del cuatro de abril de mil novecientos sesenta y ocho en Memphis algunos dicen que James Earl Ray llevaba tres horas sentado frente a la ventana, sin apenas variar la postura de su cuerpo. Estaba a punto ir a mear cuando la oportunidad le encontró apoyando las manos en el alféizar para levantarse. Se sentó de nuevo, despacio. Amartilló el Remington que le habían prestado. Y no la desaprovechó. Después se marchó en un Mustang blanco camino de Atlanta.
Ahora sé que tenemos que largarnos cuanto antes de aquí, llegar hasta el sur, beber cerveza, escuchar jazz. Tengo ganas de partirte. Los hoteles de Memphis tienen lluvia en las ventanas y patos que cruzan la entrada dos veces al día para ir a nadar a los pantanos. Tú sigues tumbada a mi lado en la cama mirando al techo. Tú sigues intacta y esta ciudad nos ha vencido. Alguien disparó dos veces en un barrio del sur y la policía lo está buscando. Vigilo mi espalda en las avenidas, en la calle que cruzó la bala que mató a Martin Luther King, en los oscuros garitos a donde en mil novecientos setenta y seis acudían los amigos de Elvis para conseguir anfetaminas. Guardaespaldas, sicarios, lameculos que siguen sentados en Thunderbirds aparcados en Presley Bulevar vigilando día y noche a las puertas de Graceland, ahora que Priscilla ya no les deja entrar. No es fácil vivir cada día con el fantasma de un Elvis al que nunca llegaron a conocer. Ahora sé que tenemos que largarnos cuanto antes. En mil ochocientos treinta y ocho el gobierno expulsó a los cheroquis hacia el oeste por el sendero de las lágrimas. Deja encendido el motor, robaré unas gafas de sol apuntando con el dedo a la dependienta y saldré corriendo. Con rabia doblaremos la esquina en Union Street y no volverán a saber nada de nosotros. Quítate la ropa. Aquella noche tu padre te pegó fuerte porque te habían visto bailando en los garitos de los negros. Sé que si me lo propusiera haría tratos con el diablo. Martin Luther King y Elvis están muertos. ¿Lo sabías? Les lloran en Harlem y en algún pueblo pequeño y polvoriento de Louisiana. Te escribo para decirte que hoy no estoy bien. Nos vamos, camino del sur, oliendo a polvo.
A las afueras de Memphis la lluvia no da tregua. Tus manos no dan tregua. Trescientas cincuenta millas antes de llegar a Nueva Orleáns cae la tarde. Los caimanes se adentran en las aguas grises del río Misisipí. Un barco de vapor surca el río. Del piso más alto lanzan al agua el cuerpo de otro tahúr vencido. Los caimanes olieron la sangre cuando escucharon los disparos.
El veintiocho de agosto de dos mil cinco en Nueva Orleáns, Tiffany caminaba en dirección al trabajo. Al doblar la esquina en Canal Street una ráfaga de viento tumbó un cubo de basura. Seis bolsas negras y restos de comida se esparcieron en la acera. Tiffany se detuvo, miró al cielo y sintió un dolor punzante en el estómago.
Ojalá te parecieras un poco a...
1 comentario:
Ardo en deseos de ver la culminación del yo.Y ver como termina y empieza éste relato en diagonal de principios que enlazan a su vez con finales. M'agrada.
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