1.
La abuela me contaba historias de la guerra. De cuando ella era joven y la más guapa del pueblo. Sí, que no lo digo yo, ni es pasión de nieto. Que fue coronada dos años seguidos la reina de las fiestas en la reunión de primavera, después de la nieve. Y aún hoy, setenta y cinco años después, mira de reojo a los espejos, segura de saberse ganadora en la batalla con quien está al otro lado del cristal verdadero.
La abuela me contaba historias de la guerra cuando iba a visitarla, durante los pocos minutos que le concedía antes de continuar con las obligaciones impuestas por estos días veloces. Nos sentábamos en el salón y le decía, cuéntame de cuando la guerra, abuela. Ella sonreía y miraba a ninguna parte, como para concentrarse. Y empezaba a hablar.
De todas ellas, mi historia preferida era la del bombardeo, que relataba siempre con asombro y un poco de miedo, aunque no lo reconozca. En el verano del treinta y siete y guiados por una información falsa, los aviones del ejército republicano bombardearon Alba de Tormes, en busca del polvorín de la provincia. Nada consiguieron porque la reserva de municiones estaba escondida en un galpón a las afueras de peñaranda, a treinta kilómetros de donde las bombas caían. Ella estaba jugando con sus hermanas en el patio de casa cuando escuchó por primera vez en su vida el ruido violento de las hélices, más sordo y amenazador por segundos. Y recuerda, como si fuese hoy mismo, el pánico en la cara de su madre, que salió corriendo a buscarlas y les obligó a permanecer quietas, bajo el quicio de las puertas. Y el estruendo de las bombas que reventaron las paredes de la casa vecina y el fogonazo tras los cristales hechos añicos de la explosión que destrozó el patio. Los enormes ojos inertes de Claudio, sorprendido en el pajar mientras descansaba de la jornada en el campo y todavía con el yugo colgado en el cuello, le despiertan sobresaltada alguna noche.
La abuela me contaba historias de la guerra. De cuando ella era joven y la más guapa del pueblo. Sí, que no lo digo yo, ni es pasión de nieto. Que fue coronada dos años seguidos la reina de las fiestas en la reunión de primavera, después de la nieve. Y aún hoy, setenta y cinco años después, mira de reojo a los espejos, segura de saberse ganadora en la batalla con quien está al otro lado del cristal verdadero.
La abuela me contaba historias de la guerra cuando iba a visitarla, durante los pocos minutos que le concedía antes de continuar con las obligaciones impuestas por estos días veloces. Nos sentábamos en el salón y le decía, cuéntame de cuando la guerra, abuela. Ella sonreía y miraba a ninguna parte, como para concentrarse. Y empezaba a hablar.
De todas ellas, mi historia preferida era la del bombardeo, que relataba siempre con asombro y un poco de miedo, aunque no lo reconozca. En el verano del treinta y siete y guiados por una información falsa, los aviones del ejército republicano bombardearon Alba de Tormes, en busca del polvorín de la provincia. Nada consiguieron porque la reserva de municiones estaba escondida en un galpón a las afueras de peñaranda, a treinta kilómetros de donde las bombas caían. Ella estaba jugando con sus hermanas en el patio de casa cuando escuchó por primera vez en su vida el ruido violento de las hélices, más sordo y amenazador por segundos. Y recuerda, como si fuese hoy mismo, el pánico en la cara de su madre, que salió corriendo a buscarlas y les obligó a permanecer quietas, bajo el quicio de las puertas. Y el estruendo de las bombas que reventaron las paredes de la casa vecina y el fogonazo tras los cristales hechos añicos de la explosión que destrozó el patio. Los enormes ojos inertes de Claudio, sorprendido en el pajar mientras descansaba de la jornada en el campo y todavía con el yugo colgado en el cuello, le despiertan sobresaltada alguna noche.
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