La abuela dice que hubo años en que pasaron hambre. De nada le sirvió ser hija del maestro y de poco que el abuelo hubiese estado, desde el principio del miedo, del lado de los que no perdieron. Vivir con más tranquilidad, si cabe. Y tranquilidad es una palabra tranquila, que encierra la sensación agradable de lo cotidiano, lo previsible, la cierta sucesión de acontecimientos esperables. Pero la tranquilidad, aún con todo eso, no se puede comer. Fíjate si llegamos a pasar hambre, decía María, que en más de una ocasión Marcial, el sustanciero, tuvo que pasar por casa. Marcial robó el hueso pelón de una pata de cerdo que fue jamón en el pasado, irreconocible ya en la gastada osamenta, de la trasera de una carnicería en la capital. Y con él al hombro regresó al pueblo. Por dos reales te lo prestaba cinco minutos, para que lo metieras en el agua hirviendo de la cazuela y el milagro del aroma y del fogón diese sabor a la cocción y trocase el agua en sopa, la tristeza en esperanza, el dolor del vacío en el estómago en alegría efímera, unida al pensamiento dichoso de que desde entonces este país, esta tierra, estos hombres irían a mejor.
miércoles, abril 30
Historias de la guerra #3
La abuela dice que hubo años en que pasaron hambre. De nada le sirvió ser hija del maestro y de poco que el abuelo hubiese estado, desde el principio del miedo, del lado de los que no perdieron. Vivir con más tranquilidad, si cabe. Y tranquilidad es una palabra tranquila, que encierra la sensación agradable de lo cotidiano, lo previsible, la cierta sucesión de acontecimientos esperables. Pero la tranquilidad, aún con todo eso, no se puede comer. Fíjate si llegamos a pasar hambre, decía María, que en más de una ocasión Marcial, el sustanciero, tuvo que pasar por casa. Marcial robó el hueso pelón de una pata de cerdo que fue jamón en el pasado, irreconocible ya en la gastada osamenta, de la trasera de una carnicería en la capital. Y con él al hombro regresó al pueblo. Por dos reales te lo prestaba cinco minutos, para que lo metieras en el agua hirviendo de la cazuela y el milagro del aroma y del fogón diese sabor a la cocción y trocase el agua en sopa, la tristeza en esperanza, el dolor del vacío en el estómago en alegría efímera, unida al pensamiento dichoso de que desde entonces este país, esta tierra, estos hombres irían a mejor.
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