domingo, abril 26

La enfermera y el luchador mexicano uno

¿Por qué una enfermera y un luchador mexicano se miran dentro de un escaparate?

La tienda tenía forma de cubo. En las estanterías de una de las paredes se mostraban los consoladores, altivos en fila como militares en día de desfile, las esposas de plástico y la lencería de colores. En otra de ellas, las cremas, los afeites, los lubricantes y los perfumes. En la tercera, y colocadas por orden alfabético, descansaban las revistas y las películas pornográficas. En mitad del espacio, una vitrina de cristal, de un metro de altura, guardaba en su interior los condones y, sobre ella, descansaba el ordenador portátil, que hacía las veces de caja registradora. A la izquierda, sentado en un taburete alto, Patricio leía un libro que decía vaya, dijo el duque, ¿no tocó nada, no manoseó nada de lo que tú sabes? No, monseñor. Yo os lo digo todo y no oculto ninguna circunstancia. En el escaparate, un maniquí vestido de luchador mexicano y una maniquí vestida de enfermera desafiaban al frío de marzo en la calle. Qué difícil es ponerle un nombre a un sex-shop que no te haga pensar al instante en un prostíbulo de carretera, había pensado Patricio seis meses antes. Imaginó entonces unos zapatos negros de charol con un tacón de siete centímetros. La tienda se llamaba Imelda.

Patricio escuchaba los últimos acordes de Kathleen, de Josh Ritter, cuando, como cada jueves al atardecer desde hacía quizá cuatro o cinco meses, se abrió la puerta de cristal de Imelda y apareció Mateo. Maldijo a la lluvia y al viento. Buenas tardes, bienvenido a Imelda, ¿puedo ayudarle en algo?, era el saludo que Patricio siempre dedicaba a los clientes que acudían a la tienda, curiosos, intrigados, fetichistas, pornógrafos, indignados, despistados y asiduos, los menos, como Mateo. Patricio, esta vez, levantó la vista del ordenador tras bajar la música de man burning y saludó a Mateo, lejos del protocolo: ¿cómo va? Regular, con este tiempo, contestó Mateo mientras se acercaba a la vitrina acristalada. ¿Lo de siempre? Mateo asintió con la cabeza. De fresa y con estrías, los favoritos de Raquel. A veces pienso si lo nuestro funcionaría igual sin ellos. Patricio sonrió, abrió la puerta corredera trasera de la vitrina y puso sobre ella la caja de seis preservativos. Mateo pagó con un billete de cincuenta euros y Patricio buscó la vuelta en los bolsillos traseros de su pantalón vaquero. ¿Tienes anillos de compromiso? ¿Cómo? Respondió Patricio con sorpresa. Mateo soltó una carcajada transparente. Es una broma. Pensaba que, cualquier día de estos, le pido que se case conmigo. La quiero. Hasta la semana que viene, entonces. Chau. Se cerró la puerta y regresó el silencio. A medias, right moves.

Los primeros días tras la apertura de Imelda, Patricio se había impuesto el ejercicio mental de no pensar en los clientes ni en sus compras una vez que abandonaran la tienda. Los presupuestos, de algún modo, siempre son falsos, pensaba. Pero con Mateo le era imposible: una caja de seis preservativos con estrías y sabor a frase cada siete días. Mateo y Raquel. Patricio desenchufó el ordenador, bajó la pantalla, apagó las luces y en silencio se despidió del mexicano y de la enfermera. Cerró la puerta con tres llaves.

formentera.marzo2009

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