Patricio mide el tiempo en canciones. Sentado en el taburete alto detrás de la vitrina de cristal, bebe un café solo y lee un libro que dice ah, diablos, dijo el duque, me entran ganas de escaldar así a la bella Aline. Monseñor, le contestó humildemente ésta, yo no soy un cerdo. Durante la mañana de sábado, un hombre de unos cuarenta años de edad, entrecano, de manos pequeñas, vestido con una americana de pana oscura y un pantalón vaquero gastado cuyos bajos no alcanzaban unos mocasines negros impecables, estuvo en la tienda las seis primeras canciones del kamikazes enamorados, de Quique González. Leyó con atención la composición química de una crema de masaje, hojeó un par de revistas, tres carátulas de películas y un libro del Marqués de Sade, observó detenidamente un dildo ergonómico de color azul petróleo y, en el estribillo de palomas en la quinta, preguntó el precio del disfraz de enfermera y marchó de Imelda con las manos en los bolsillos del pantalón. Dos discos más tarde, uno de Diego Vasallo y otro de Los Ronaldos, se abrió la puerta de Imelda y entraron dos chicas jóvenes, de entre veinticinco y treinta años. Una era morena y bajita, a pesar de calzar unas botas de piel de tacón alto. Gastaron un par de canciones frente a los anaqueles donde descansaban los consoladores. Tenía los ojos negros, los labios finos y las tetas grandes bajo un jersey amarillo ajustado de cuello alto. Sonreían y, a ratos, se cogían del talle o se apoyaban una en el hombro de la otra. Tuvieron en las manos un sujetador de latex, un antifaz de terciopelo morado y un bote de espuma con aroma de fresa. Vestía vaqueros negros. Siete canciones después de entrar, se decidieron por un par de tangas comestibles con sabor a chocolate. Y un abrigo de pana que le llegaba hasta las rodillas. Pagaron y mientras Patricio aguardaba con el brazo izquierdo extendido y la vuelta en la mano, se besaron. La otra chica, rubia de ojos verdes, se dio cuenta de que Patricio las miraba y esperaba escayolado, le pidió perdón, recogió el dinero y la bolsa donde aguardaban los tangas y se marcharon de la tienda. Vestía una camiseta gris, una cazadora vaquera y una falda de fieltro que le llegaba hasta los tobillos. Calzaba zapatillas de deporte. Al andar, movía tan despacio las caderas que parecía cojear. Patricio pensó que eso le gustaba. En los altavoces agonizaba yo detrás cuando desenchufó el ordenador, bajó la pantalla, apagó las luces y en silencio se despidió del mexicano y de la enfermera. Cerró la puerta con tres llaves.
formentera.marzo2009
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