jueves, mayo 7

La enfermera y el luchador mexicano y tres

Una anciana detrás de los geranios, apoyados los codos en el alféizar de la ventana, observaba la calle de jueves por la mañana. Patricio empujó la puerta de la carnicería, dijo un buenos días al que nadie contestó y cogió un pedazo de papel con el número veintitrés. El siguiente sería el diecinueve. Esperó paciente que llegara su turno mientras escuchaba en los auriculares lochloosa, de Mofro. La dependienta troceaba con habilidad una pechuga de pollo y Patricio se fijó en ella. Había visto esa cara antes en alguna parte. ¿Qué desea, señor?, le preguntó entonces la conocida desconocida. Un par de piezas de solomillo de ternera. Para tournedó, vaciló Patricio mientras se quitaba los cascos de las orejas. ¿Dónde? ¿En la calle, en Imelda, en el cine, en un parque, en algún bar, cualquier noche…? ¿Por qué? Absorto estaba en estos pensamientos, cuando descubrió que la muchacha, sonriente con el brazo izquierdo extendido y la bolsa de la carne en la mano, aguardaba que Patricio la recogiese. Eso es, ya está, es la chica rubia de ojos verdes, la de los tangas de chocolate. Patricio sonrió, satisfecha así su curiosidad. Ella respondió a su sonrisa con sorpresa, como si, al mismo tiempo, hubiera reconocido al chico de la tienda del sexo. De pronto, se abrió la puerta de la trastienda y tras ella apareció Mateo. Abrazó a la muchacha por la cintura y, tras darle un beso en la mejilla, reparó en la presencia de Patricio. Hombre, tú por aquí, ¿qué tal? Bien, bien, contestó Patricio, de nuevo sorprendido. Ya me iba. Adiós. Hasta luego. Patricio dio media vuelta y se disponía a salir de la tienda cuando Mateo gritó ¡nos vemos esta tarde! Patricio levantó la mano izquierda a modo de despedida. Sabía que Raquel, muda y abrazada a Mateo, le estaba mirando.
Patricio abrió la puerta con tres llaves, saludó en silencio a la enfermera y al mexicano, encendió las luces, levantó la pantalla y enchufó el ordenador. Apoyó las manos en la vitrina de cristal y, a través de él, observó la caja de seis condones con estrías y sabor a fresa y, a su lado, la caja de dos tangas comestibles con sabor a chocolate. Y se echó a reír.

formentera.marzo2009

días