La puerta del bistró La
Manduca, vacío como era costumbre a esas horas de la mañana en las que casi
nada sucede, cedió al leve empuje de mi mano. La luz del sol se filtraba
oblicua a través de los cristales anaranjados e iluminaba el polvo acumulado en
las mesas y en los marcos de los cuadros que, colgados en las paredes, hacía
años que palidecían. Livorno estaba sentado en la mesa bajo la fotografía de
George Best jugando para los Aztecs. Bebía una taza de té y leía el periódico
de la tarde, de la última a la primera página. Se lo había visto hacer mil
veces en todos estos años.
Joder, anoche entraron en el chalé de un tipo forrado de
dinero, le desnudaron, le ataron a una silla y le robaron todo el dinero que
tenía en la caja fuerte, dijo sin levantar la vista del periódico, a modo de
saludo.
Me senté a su lado.
No parece una noticia muy interesante, contesté. En esta
ciudad, cada noche roban diez casas y veinte o treinta coches, calculo.
Bueno, en realidad la noticia es que la mujer del tipo se
largó con los atracadores. Se echó a reír. Recordé entonces que es un buen
jugador de póquer. No enseña hasta el final sus cartas. Dobló el periódico por
la mitad y lo apartó a un lado.
¿Ya la mataste?
Todavía no.
¿Y?
Bueno, el gordo no me dio plazos. Sólo dijo la quiero
muerta. Tardé siete días en estudiar sus rutinas. Siete más en propiciar un
encuentro casual en el supermercado. Y dos en que aceptara una invitación para
cenar. Nos hemos acostado un par de veces, poco más. Es una chica fácil.
Tal vez el fácil seas tú.
Eso seguro. Sonreí y le guiñé el ojo izquierdo.
Como sigas así, el gordo acabará yendo a por ti.
No lo creo. No parece la clase de tipo con el valor
necesario.
O con la cobardía. Me guiñó el derecho.
Livorno era dependiente en
una joyería del centro. Siempre que le preguntaba cómo había conseguido
trabajar veinte años en una joyería que había atracado tres veces, me
contestaba
los ladrones no tienen voz. Los ladrones no hablan. Sólo
apuntan, señalan y salen corriendo.
El camarero se acercó a la mesa. Traía el teléfono inalámbrico en la mano.
Nene, alguien pregunta por ti.
Deberías comprarte un móvil. Sería más sencillo dar
contigo. ¿Todavía te dejas llamar Nene?
Habían pasado más de seis años; pero era inconfundible.
Una voz grabada a fuego en la piel de la memoria. Durante unos segundos, quedé
mudo y malherido. Los primeros versos de mi primera combustión vinieron
a mi mente.
¿Estás ahí? ¿Lorenzo? Espero que no hayas salido
corriendo. Entonces su risa.
Livorno me observaba con ojos interrogantes y yo le
devolvía, inexpresiva, la mirada. De pronto, los abrió todo lo que pudo y
sonrió. Había descubierto quien estaba al otro lado del teléfono. Se levantó.
Posó su mano derecha en mi hombro izquierdo y desapareció.
¿Cómo estás, Lorenzo?
Bien, sentado en la mesa donde me dejaste. Me habré
levantado un par de veces a mear, nada más. Estaba dispuesto a rendirme sin
condiciones. Lo había meditado largo tiempo, dejando que el dolor reposara con
suavidad a lo largo de los años. Si algún día volvía, aquí estaría esperándola.
Desde que te largaste, continué, la ciudad perdió interés, se hizo previsible.
Así es que decidí esperar sentado.
¿Esperar qué?
Bueno, qué sé yo, menuda pregunta: que alguien viniera a
decirme algo de ti.
¿Algo?
Sí, algo, no sé, que regresabas o, mejor, que habías
desaparecido para siempre, que te habías largado a otro continente, que estabas
muerta... cualquier cosa; pero algo.
He vuelto, Lorenzo.
Bueno, pues aquí estoy.
No sé si es buena idea que nos veamos.
Yo tampoco lo sé. Pero, entonces, ¿para qué coño has
llamado?
1 comentario:
que bueno!
me apetece que siga la historia...
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