sábado, noviembre 20

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La puerta del bistró La Manduca, vacío como era costumbre a esas horas de la mañana en las que casi nada sucede, cedió al leve empuje de mi mano. La luz del sol se filtraba oblicua a través de los cristales anaranjados e iluminaba el polvo acumulado en las mesas y en los marcos de los cuadros que, colgados en las paredes, hacía años que palidecían. Livorno estaba sentado en la mesa bajo la fotografía de George Best jugando para los Aztecs. Bebía una taza de té y leía el periódico de la tarde, de la última a la primera página. Se lo había visto hacer mil veces en todos estos años.
            Joder, anoche entraron en el chalé de un tipo forrado de dinero, le desnudaron, le ataron a una silla y le robaron todo el dinero que tenía en la caja fuerte, dijo sin levantar la vista del periódico, a modo de saludo.
            Me senté a su lado.
            No parece una noticia muy interesante, contesté. En esta ciudad, cada noche roban diez casas y veinte o treinta coches, calculo.
            Bueno, en realidad la noticia es que la mujer del tipo se largó con los atracadores. Se echó a reír. Recordé entonces que es un buen jugador de póquer. No enseña hasta el final sus cartas. Dobló el periódico por la mitad y lo apartó a un lado.
            ¿Ya la mataste?
            Todavía no.
            ¿Y?
            Bueno, el gordo no me dio plazos. Sólo dijo la quiero muerta. Tardé siete días en estudiar sus rutinas. Siete más en propiciar un encuentro casual en el supermercado. Y dos en que aceptara una invitación para cenar. Nos hemos acostado un par de veces, poco más. Es una chica fácil.
            Tal vez el fácil seas tú.
            Eso seguro. Sonreí y le guiñé el ojo izquierdo.
            Como sigas así, el gordo acabará yendo a por ti.
            No lo creo. No parece la clase de tipo con el valor necesario.
            O con la cobardía. Me guiñó el derecho.

Livorno era dependiente en una joyería del centro. Siempre que le preguntaba cómo había conseguido trabajar veinte años en una joyería que había atracado tres veces, me contestaba
            los ladrones no tienen voz. Los ladrones no hablan. Sólo apuntan, señalan y salen corriendo.
            El camarero se acercó a la mesa. Traía  el teléfono inalámbrico en la mano.
            Nene, alguien pregunta por ti.

            Deberías comprarte un móvil. Sería más sencillo dar contigo. ¿Todavía te dejas llamar Nene?
            Habían pasado más de seis años; pero era inconfundible. Una voz grabada a fuego en la piel de la memoria. Durante unos segundos, quedé mudo y malherido. Los primeros versos de mi primera combustión vinieron a mi mente.
            ¿Estás ahí? ¿Lorenzo? Espero que no hayas salido corriendo. Entonces su risa.
            Livorno me observaba con ojos interrogantes y yo le devolvía, inexpresiva, la mirada. De pronto, los abrió todo lo que pudo y sonrió. Había descubierto quien estaba al otro lado del teléfono. Se levantó. Posó su mano derecha en mi hombro izquierdo y desapareció.
            ¿Cómo estás, Lorenzo?
            Bien, sentado en la mesa donde me dejaste. Me habré levantado un par de veces a mear, nada más. Estaba dispuesto a rendirme sin condiciones. Lo había meditado largo tiempo, dejando que el dolor reposara con suavidad a lo largo de los años. Si algún día volvía, aquí estaría esperándola. Desde que te largaste, continué, la ciudad perdió interés, se hizo previsible. Así es que decidí esperar sentado.
            ¿Esperar qué?
            Bueno, qué sé yo, menuda pregunta: que alguien viniera a decirme algo de ti.
            ¿Algo?
            Sí, algo, no sé, que regresabas o, mejor, que habías desaparecido para siempre, que te habías largado a otro continente, que estabas muerta... cualquier cosa; pero algo.
            He vuelto, Lorenzo.
            Bueno, pues aquí estoy.
            No sé si es buena idea que nos veamos.
            Yo tampoco lo sé. Pero, entonces, ¿para qué coño has llamado?

1 comentario:

nando dijo...

que bueno!

me apetece que siga la historia...

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