sábado, noviembre 13

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A mí me da lo mismo. Puedes acostarte con ella, regalarle un descapotable o meterle una botella por el culo. Yo te pago para que la mates. Diez mil ahora y veinte mil cuando me traigas las fotografías y el dedo. Igualito que en las películas.
            El tipo era un calvo y gordo metro y noventa centímetros vestido con un traje gris de rayas blancas hecho a medida por algún sastre sin demasiados escrúpulos y adornado con un anillo de oro en cada uno de los nueve dedos que conservaba en las manos. El sudor perlaba su frente y el cuero cabelludo, enrojecido aún por un afeitado que se presumía reciente, brillaba bajo la luz del final de la tarde. Fruncía el ceño cada vez que bebía un sorbo de un vaso de cartón en el que reposaba un líquido naranja. No dejó de mirarme a los ojos en los diez minutos que estuvimos hablando.
            Acepté el encargo. Me entregó una polaroid y un sobre donde encontré veinte billetes de quinientos y seis fotografías hechas a distancia de la mujer a quien debía matar. En el reverso de una de ellas estaba escrita a mano la dirección de su casa.

Abrió los ojos y se sentó en la cama. Con un ademán inconsciente de tan repetido, retiró de la frente un mechón de pelo negro y rizado.
            ¿Qué haces?
            Yo contaba sílabas para un haiku sentado en el alféizar de la ventana.
            Buenos días. Nada realmente. ¿Quieres café?
            Creo que aún estoy demasiado dormida para eso. Deja que despierte del todo. Se levantó, se puso un jersey blanco que estaba tirado en el suelo y caminó hacia el baño.
            No hay agua caliente, grité.
            No la necesito, no pienso ducharme.

            Es una hija de la gran puta, continuó el gordo. Lo que me hizo no se le hace a un tipo como yo sin pagar por ello.
            Cuentan que se enamoró de ella hasta lo imposible y anduvo como un perro salido detrás de sus faldas durante meses. Ella le dejaba acercarse un día y se alejaba entre risas al siguiente.
            Gasté en esa furcia más que en un coche, mucho más.
            Al parecer el tipo no tiene una polla de museo y ella no pudo disimular una mueca burlona cuando le vio desnudo por primera vez. Se salvó porque al gordo le detuvo un ataque de asma y así ella pudo escapar de la habitación antes de que él la matara a patadas. Dos días después, remitida la disnea, apareció en la puerta de mi casa acompañado por un tipo alto e invisible de tan silencioso.
            Dicen que eres el mejor para hacer lo que yo quiero que hagas.
            Ya todos en la ciudad sabían lo ocurrido y le gustó que no me hiciera el tonto. Bebió otro sorbo del líquido naranja sin dejar de mirarme y, de nuevo, frunció el ceño. Tenía los ojos negros.

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