El gordo no se impacientaba.
No tenía prisa.
Tienes todo el tiempo del mundo hasta la primavera. Dos
meses. Después ya no querré saber nada más de ti ni de esa hija de la gran
puta. Igual que te busqué a ti, buscaré a alguien que os pegue un tiro y
recupere el dinero que te he adelantado. Ese es el precio de vuestras cabezas.
Recordaba sus palabras mientras esperaba el autobús de
las diez que me llevaría al centro. El gordo era un tipo para el que la vida
era algo muy sencillo. Odiaba las complicaciones. Solo quería levantarse tarde,
desayunar un café solo tumbado en la cama, pegarse una ducha, leer el
periódico, ponerse un traje caro y sentarse detrás de la mesa a controlar su
negocio de maderas y mármoles, ataúdes y lápidas. Enamorarse de una mujer que
acabaría riéndose de él por tenerla pequeña no entraba en sus planes. Y me
contrató para matarla porque creyó que así todo volvería a ser fácil, todo
volvería a funcionar como si fuera nuevo.
Entré en el autobús por la puerta trasera y me senté en
un asiento de la última fila. Según estaba el tráfico en la ciudad a esas
horas, tardaría más de cuarenta minutos en llegar al centro. Habían pasado tres
semanas desde que el gordo golpeó la puerta de mi casa con sus anillos dorados.
En ese tiempo había conseguido acostarme un par de veces con ella. Y Petra
estaba de nuevo en la ciudad.
El tipo invisible, vestido con un traje negro y tocado
con un sombrero del mismo color se sentó a mi lado y me devolvió a la realidad.
Ya ha pasado casi un mes, Lorenzo. El jefe dice que sigue
esperando. Que recuerdes que no tiene prisa.
No dijo nada más. Se bajó del autobús en la parada
siguiente y desapareció entre la gente que caminaba por la calle.
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