Livorno necesitaba dinero
para comprar la gasolina. Entró en una farmacia y, después de pedirle a la
dependienta una caja de aspirinas,
efervescentes si es tan amable,
sacó la navaja del bolsillo trasero del pantalón y se la
puso en la garganta. Con la mano que tenía libre, vació la caja registradora y
guardó los billetes en el bolsillo de la cazadora. Separó el arma del cuello de
la muchacha y dijo
muchas gracias, señorita.
Le palmeó el culo y salió caminando con tranquilidad
hasta encontrar una gasolinera.
Miró el reloj, apuró el té
que templaba en el fondo de la taza, dejó un par de monedas en la barra, se
puso en pie y salió a la calle. Faltaban veinte minutos para las once y llegar
hasta la azotea del hotel cargado con dos botes de tres litros de gasolina cada
uno, seis botellas de cristal vacías y una bolsa de deportes le llevaría, al
menos, cuarenta y cinco minutos. Yo le había dicho que la hora no tenía por qué
ser exacta, pero sí que no se retrasase más allá del mediodía.
El cielo estaba nublado y un viento frío de febrero
arañaba las esquinas vacías del centro a esas horas de la mañana, cuando la
mayoría de la gente ya ha llegado al trabajo y enciende el ordenador, charla
con los compañeros, saca un café de la máquina, maldice al jefe o entra en su
despacho dispuesto a aceptar lo que le digan. Esas horas en las que casi nada
sucede.
Livorno escogió la pared que daba al sur. Siempre elegía el sur porque señalaba el lugar desde
el que sus padres llegaron a la ciudad, cincuenta años atrás. Ahora los dos
estaban muertos y lo hicieron sin haber conseguido que su hijo estudiara una
carrera universitaria, se casara y les diera un par de nietos. En vez de eso,
Livorno malvivía con el dinero que ganaba en la joyería y se pagaba los
caprichos con el obtenido en trabajos casi siempre fuera de la ley. Gastaba lo
poco que tenía en alquilar una habitación en una pensión de barrio, comprar un
paquete de tabaco rubio cada dos días, beber tres o cuatro cervezas al
atardecer y acostarse una vez al mes con una prostituta negra que no supiera
hablar español. Su medio corazón resistía los impulsos eléctricos a pesar de
que Livorno no tomaba una sola de las pastillas que el médico le recomendó el
día que abandonó el hospital.
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