viernes, diciembre 17

7


Abrió la puerta de la azotea y de pronto sintió que el pecho se le encogía. Respiró profundo sin encontrar alivio pero decidió no parar. Colocó las seis botellas vacías en fila. Las llenó de gasolina e introdujo un jirón de tela en cada boca. Sintió frío. Se subió la cremallera de la cazadora. Miró el reloj. Encendió el mechero y cogió la primera de las botellas. La presión en el pecho cedió. Prendió fuego a la tela y la lanzó sin aparente esfuerzo a la azotea del edificio de al lado. Una punzada le atravesó el cuello de lado a lado. Apoyó las manos en las rodillas durante un instante y recuperó el aliento. Repitió la maniobra cinco veces más y lanzó las botellas a las cinco azoteas más cercanas. Después vació por completo la segunda garrafa en el suelo de baldosas negras. Se alejó unos metros, contempló como el fuego iba agrandándose en los tejados y dejó caer el mechero encendido al suelo. Dio media vuelta y abrió la puerta metálica para iniciar el descenso. En lugar de eso, Livorno cayó desplomado al suelo.

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