La fauna de las ciudades.
El asedio constante e incansable del miedo al fracaso. Una canción
de Zitarrosa cantada por un tipo que en nada se le parece en una de
las calles peatonales que rodean el mercado del puerto. Una de Martín
Buscaglia mientras rastreo lomos con la yema de los dedos en las
estanterías de una librería en Tristán Narvaja. Los colectivos
solitarios de domingo que recorren las calles vacías a la caza de
transeúntes en las paradas. Cuando los engullen con un ruido de
respirar hidráulico. Una solución de
emergencia para la reacción alérgica de Jero. El viento que viene del río y barre la arena
que él mismo deposita sobre el alquitrán deformado por el calor en
la rambla. Y Bengoechea de bronce en Los Aromos contra el que no
puede. El día que yo estaba viéndole en el Bernabéu le hizo un
caño inolvidable a Tendillo. Gorriones.
Palomas. Gaviotas. Los primeros, al resguardo de la nieve bajo los
bancos y los palmerales de Pocitos. Las terceras, que chillan a
nuestro paso para convocar a las nubes. Nosotros, palomas. Buscamos
hasta el anochecer los lugares de la memoria. Yaguarón con Dieciocho
de Julio. Cerro Largo y Minas. Dormiremos más tarde en el alféizar
de los hoteles con las plumas ahuecadas. Rebeca alimenta a Jero con
mansedumbre. Yo me tumbo a su lado hasta que se duerme. Después los
dos, tirados en la cama, desplegamos el mapa de la ciudad sobre las
almohadas para encontrarnos. Y a veces pasa.
montevideo.febrero2013
1 comentario:
This is great!
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