domingo, marzo 10

Conozco el lugar, pero no encuentro el camino

Entró en la consulta como si la sala de espera estuviera a oscuras y, al abrir la puerta, el médico la hubiera enfrentado a la luz del mediodía que entraba por la ventana. Contestó al buenos días con un leve asentimiento de cabeza y quedó de pie, frente a él, a segundos del naufragio. Siéntese, por favor, le sonrió el médico, al tiempo que con el brazo señalaba el lugar donde aguardaban enfrentadas dos sillas vacías y, entre ellas, la mesa. La paciente, aún confusa, lo hizo en el asiento del médico y éste decidió dejar que la historia siguiese su curso, sin modificar con sus actos el azar que la estaba construyendo. Se sentó en la silla que ella dejó libre. Frente a frente, permanecieron en silencio unos segundos. De pronto ella, como si lo entendiera todo aunque no entendía nada, mudó el rostro y habló. Cuénteme, pues, ¿qué le sucede? El médico pestañeó, permaneció en silencio un par de segundos más, cerró los ojos como quien se desnuda y, despojado ya de sus hábitos, los abrió de nuevo para ser otra persona. En verdad, ambos eran ya otras personas. Conozco el lugar, pero no encuentro el camino, contestó. La paciente tomó en su mano entonces un bolígrafo y escribió en un papel la dirección de una tienda de brújulas. Se lo entregó. El médico leyó lo que ella había escrito, dobló el papel, lo guardó en un bolsillo del pantalón y le dio las gracias. Se levantó para marcharse y, cuando estaba a punto de desaparecer tras la puerta, desde su asiento, ella le dijo por favor, dígale al siguiente que pase. 

gijón.octubre2012 

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