Entró en la consulta como si la sala
de espera estuviera a oscuras y, al abrir la puerta, el médico la
hubiera enfrentado a la luz del mediodía que entraba por la ventana.
Contestó al buenos días con un leve asentimiento de cabeza y quedó
de pie, frente a él, a segundos del naufragio. Siéntese, por favor,
le sonrió el médico, al tiempo que con el brazo señalaba el lugar
donde aguardaban enfrentadas dos sillas vacías y, entre ellas, la
mesa. La paciente, aún confusa, lo hizo en el asiento del médico y
éste decidió dejar que la historia siguiese su curso, sin modificar
con sus actos el azar que la estaba construyendo. Se sentó en la
silla que ella dejó libre. Frente a frente, permanecieron en
silencio unos segundos. De pronto ella, como si lo entendiera todo
aunque no entendía nada, mudó el rostro y habló. Cuénteme, pues,
¿qué le sucede? El médico pestañeó, permaneció en silencio un
par de segundos más, cerró los ojos como quien se desnuda y,
despojado ya de sus hábitos, los abrió de nuevo para ser otra
persona. En verdad, ambos eran ya otras personas. Conozco el lugar, pero no encuentro el camino, contestó. La paciente
tomó en su mano entonces un bolígrafo y escribió en un papel la
dirección de una tienda de brújulas. Se lo entregó. El médico
leyó lo que ella había escrito, dobló el papel, lo guardó en un
bolsillo del pantalón y le dio las gracias. Se levantó para
marcharse y, cuando estaba a punto de desaparecer tras la puerta,
desde su asiento, ella le dijo por favor, dígale al siguiente que
pase.
gijón.octubre2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario