Sucede
que no amanece,
que
la noche se extiende
más
allá de lo soportable,
que
llega el frío y, con él,
la
tristeza,
que
echo de menos tu cuerpo,
ahora
sólo tu cuerpo
como
el lugar donde el dolor
no
existe.
Y
entonces puede llover
y
oscurecerse el cielo.
Dejar
pasar las horas
sin
miedo a perderlas.
Creernos
inmortales.
Subir
las escaleras.
No
bajarlas durante días.
Dar
por cerrado este tiempo,
abrir
uno nuevo.
Borrachos
de fortuna,
ser
otros, aunque los mismos.
Reconocernos
en los besos,
más
allá de las cenizas.
Dormir
cien horas,
comer
en la cama
la
fruta que Alicia
encontró
en el mercado.
Pobre
Alicia.
Sonreír.
No
darnos por vencidos.
Someter
a febrero y, así,
convertirnos
en reyes,
lejos
ya y para siempre
del
invierno.
gijón.enunfebreroindomable.antesdelosaviones.
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