viernes, noviembre 15

Cambiamos nosotros, los libros no cambian.

Vuelvo a pensar en el tipo que reconocía a las actrices de cine porno sólo con verles el coño. Yo le preguntaba en qué te fijas. Qué sé yo, respondía, en un lunar, en un pliegue, en la manera de afeitarse el vello, en el modo en que se separa los labios. Descubro que me provoca la misma admiración que quien reconoce a los músicos que tocan jazz sólo con escucharlos. Recuerdo los días febriles y desordenados en los que leí Rayuela, días que, ahora lo sé, fueron los precisos para leer ese libro. Nunca antes y nunca después. Y sé que es así y que es cierto porque, si ahora lo rescato del polvo de la estantería y me siento a releerlo, pasados cinco minutos o seis páginas tengo que parar y preguntarme quién era yo cuando lo leí, por qué me enganchó de aquel modo, fogonazo de una luz naranja de tungsteno, mundo encendido. Qué tipo diferente a este que escribe. Cambiamos nosotros, los libros no cambian.
Días febriles. Días desordenados. Días en los que estaba loco o, simplemente, ya lo decía el tipo de los coños, qué sé yo, tal vez me fijaba demasiado en los detalles.

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