Vuelvo a pensar en el
tipo que reconocía a las actrices de cine porno sólo con verles el
coño. Yo le preguntaba en qué te fijas. Qué sé yo, respondía, en
un lunar, en un pliegue, en la manera de afeitarse el vello, en el
modo en que se separa los labios. Descubro que me provoca la misma
admiración que quien reconoce a los músicos que tocan jazz sólo
con escucharlos. Recuerdo los días febriles y desordenados en los
que leí Rayuela, días que, ahora lo sé, fueron los precisos para
leer ese libro. Nunca antes y nunca después. Y sé que es así y que
es cierto porque, si ahora lo rescato del polvo de la estantería y
me siento a releerlo, pasados cinco minutos o seis páginas tengo que
parar y preguntarme quién era yo cuando lo leí, por qué me
enganchó de aquel modo, fogonazo de una luz naranja de tungsteno,
mundo encendido. Qué tipo diferente a este que escribe. Cambiamos
nosotros, los libros no cambian.
Días febriles. Días
desordenados. Días en los que estaba loco o, simplemente, ya lo
decía el tipo de los coños, qué sé yo, tal vez me fijaba
demasiado en los detalles.
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