Durante un tiempo vivimos
en ciudades separadas por cientos de kilómetros. Una vez, mientras
hablábamos por teléfono, cogimos un mapa y elegimos al azar el
número de una de las carreteras que unía ambas ciudades y nos
pusimos en marcha. No pararíamos hasta encontrarnos. Supongo que la
idea se nos ocurrió porque la teníamos guardada en algún rincón
de la memoria cinematográfica o literaria.
Estaba anocheciendo
cuando nos encontramos en una gasolinera a las afueras de un pueblo
de montaña del que olvidé el nombre, aunque de esos días lo
recuerdo todo. Alquilamos una habitación en el único hotel que
había en el pueblo y encargamos en la cocina un par de bocadillos y
unas cervezas. Cenamos sentados en un banco de piedra en la plaza del
pueblo. Ya de madrugada, Rebeca dijo me estoy quedando helada y
regresamos abrazados al hotel. Durante el camino, pensé en las
palabras que, alguna vez leí, había dicho el subcomandante Marcos,
eso de que sabrás que es la mujer de tu vida si cuando le dices que
te duelen las muelas, se acerca y te abraza. Si no lo es, te mandará
al dentista. Yo la abracé para quitarle el frío. No sé qué
pensaría de eso el subcomandante Marcos. Ya en la habitación nos
quitamos la ropa, apagamos la luz y tumbados en la cama compartimos
un cigarrillo de marihuana. Sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos,
a pesar de los mosquitos que invadían la habitación por la ventana
abierta y nos asediaban.
Cuando desperté ya
había salido el sol. Rebeca estaba sentada en el alféizar. Fumaba
un cigarrillo y, pensativa, observaba la calle. Intenté no moverme
para poder seguir mirándola, sin que ella se diera cuenta.
¿Cuánto tiempo llevas
ahí? Nada. Acabo de despertarme, mentí. Me levanté y la besé en
la espalda. Por encima de sus hombros pude ver la calle y más allá
un viñedo y, a su lado, una piscina abandonada. Imaginé entonces
que su piel era del color de los sarmientos. Y sus ojos del color del
agua olvidada en las piscinas de invierno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario