sábado, noviembre 30

No pararíamos hasta encontrarnos


Durante un tiempo vivimos en ciudades separadas por cientos de kilómetros. Una vez, mientras hablábamos por teléfono, cogimos un mapa y elegimos al azar el número de una de las carreteras que unía ambas ciudades y nos pusimos en marcha. No pararíamos hasta encontrarnos. Supongo que la idea se nos ocurrió porque la teníamos guardada en algún rincón de la memoria cinematográfica o literaria.
Estaba anocheciendo cuando nos encontramos en una gasolinera a las afueras de un pueblo de montaña del que olvidé el nombre, aunque de esos días lo recuerdo todo. Alquilamos una habitación en el único hotel que había en el pueblo y encargamos en la cocina un par de bocadillos y unas cervezas. Cenamos sentados en un banco de piedra en la plaza del pueblo. Ya de madrugada, Rebeca dijo me estoy quedando helada y regresamos abrazados al hotel. Durante el camino, pensé en las palabras que, alguna vez leí, había dicho el subcomandante Marcos, eso de que sabrás que es la mujer de tu vida si cuando le dices que te duelen las muelas, se acerca y te abraza. Si no lo es, te mandará al dentista. Yo la abracé para quitarle el frío. No sé qué pensaría de eso el subcomandante Marcos. Ya en la habitación nos quitamos la ropa, apagamos la luz y tumbados en la cama compartimos un cigarrillo de marihuana. Sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos, a pesar de los mosquitos que invadían la habitación por la ventana abierta y nos asediaban.
Cuando desperté ya había salido el sol. Rebeca estaba sentada en el alféizar. Fumaba un cigarrillo y, pensativa, observaba la calle. Intenté no moverme para poder seguir mirándola, sin que ella se diera cuenta.
¿Cuánto tiempo llevas ahí? Nada. Acabo de despertarme, mentí. Me levanté y la besé en la espalda. Por encima de sus hombros pude ver la calle y más allá un viñedo y, a su lado, una piscina abandonada. Imaginé entonces que su piel era del color de los sarmientos. Y sus ojos del color del agua olvidada en las piscinas de invierno.

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