Tal vez la vida sea esto:
el hueso de la tristeza
rodeado de la pulpa
jovial de sardinas asadas y cohetería.
Memoria de elefante,
Antonio Lobo-Antunes
Rebeca dice que quiere
pintar en fondo negro y lunares rojos una cafetera vieja que ya no
usamos y después plantar un cactus en su interior. Jero despierta y
se echa a llorar. Tal vez no soporta abrir los ojos y sentirse solo.
Yo escribo el comienzo de muchas historias que, después, no sé cómo
continuar. Todas terminan demasiado rápido. Sigo teniendo sueño,
sigo estando un poco enganchado a nadar, a internet, a la
pornografía. Me asusta descubrir que conozco el nombre de las
actrices y buscar más videos de las que me gustan, descifrar si
tienen las tetas operadas, un tatuaje en el ombligo o asombrarme con
las que se lo hacen con varias pollas, casi nunca tíos completos,
sin inmutarse, como quien sale a la compra o pasea por la orilla del
mar al atardecer. Pienso en aquel tipo, compañero de residencia
universitaria, que conocía a las actrices de cine para adultos, como
le gustaba puntualizar, por el coño. No necesitaba ver nada más.
Todavía no he llegado a eso, al menos. No creo que llegue.
*
Django Reinhardt, Chet
Baker, Jhon Coltrane, Duke Ellington, Oscar Peterson, Stephan
Grapelli, Tete Montoliú, Miles Davis, Santiago Biralbo.
*
Colocamos
la vieja cafetera pintada en fondo negro y lunares amarillos, porque
era la pintura que estaba de oferta, encima del piano. Y mientras,
ayudado por la luz del sol, crece el cactus que Rebeca plantó en su
interior, yo me sentaré cada tarde a tocar torpemente alguna de las
partituras escritas en el cuaderno de fáciles que compré hace días
en la tienda de instrumentos musicales que está cerca de la playa.
Rebeca se acerca sigilosa, como la gata que es cuando quiere, me
abraza por la espalda, se ríe de mí porque soy incapaz de acertar
con las notas que deben pulsar armónicos los dedos de mi mano
izquierda y dice la lluvia que golpea en los cristales de la ventana
despertó a Jero. Todavía
no ha cumplido dos meses
y ya conoce el sonido de la lluvia que, tendrás que disculparme,
escucha con atención, hoy suena bastante mejor que lo que tú estás
tocando. Retiro las manos y las poso en mis rodillas. Sonrío
resignado mientras escucho el golpeteo de las gotas de agua contra
los cristales, tristes,
inocentes desordenadas gotas
que escribió Cortázar, y veo, a través de ellos, los geranios que
planté en las jardineras el mes pasado, cimbreantes al viento que
viene del mar, despeinados, como los besos de Rebeca, despojados de
pétalos que reposan en la tierra húmeda y la tiñen de rosa, de
rojo y de blanco. Y al descubrir la lluvia que se hace visible en los
cristales, recuerdo la mañana del aguacero que Lucrecia, Sebas y yo
pasamos en el barrio de Palermo de Buenos Aires fumando, escribiendo
postales en las mesas de las cafeterías y entrando en las
inmobiliarias con la firme intención de comprar entre los tres un
piso en la zona y vivir todos los años un mes o dos en la ciudad.
Qué mierda de vida preñada de sueños efervescentes. Y recuerdo ese
viaje y lo radiante que estaba Lucrecia y lo perdidos que estábamos
Sebas, que llegó un par de semanas después, y yo. Y pienso que la
vida y la literatura tal vez sean lo mismo y tal vez sean esto: a
partir de una vieja cafetera pintada en negro y amarillo con un
cactus plantado en su interior, llegar hasta la ciudad de Buenos
Aires seis años antes, cuando dos tipos sin rumbo se aferraban a la
alegría y a la luz que irradiaba una mujer extraordinaria y no se
querían soltar. Rebeca, grito desde el escritorio para que pueda
oírme. ¿Qué pasa?, pregunta desde la cocina. Vámonos a Argentina.
1 comentario:
Viví casi 2 años en un departamento 4rent en Argentina en el barrio de Recoleta y también tengo los recuerdos más lindos de esa ciudad encantadora. Luego tuve que volverme a mi Madrid de costumbre.
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