domingo, noviembre 24

Las complejas líneas imaginarias de pensamiento

Una de las complejas líneas imaginarias de pensamiento, que regresaron tras la llamada telefónica de mis padres, se enreda en las antenas erguidas sobre los viejos tejados del barrio cuando, a media tarde, me asomo por la única ventana de casa desde la que puedo ver el mar. Jero observa con curiosidad, tumbado en nuestra cama, el móvil de madera que le hemos comprado en el mercado esta mañana y Rebeca lee un libro de una escritora húngara que yo terminé la semana pasada. Me lo recomendó Sebas y me atrapó desde el principio. Está compuesto por tres partes que cuentan la misma historia, tres novelas diferentes reunidas en un libro. Dos son mentira y una es verdad. Pero, cuando terminas de leer las tres, no sabes cuál es la historia verdadera, que no real, porque las tres pueden ser fruto de la imaginación de la escritora húngara, y cuáles, por eliminación, las dos historias falsas. Me pareció un desarrollo muy original. Una línea de pensamiento simple y compleja a la vez. A Rebeca no le está gustando tanto. Dice que es por culpa del instinto maternal. Le hace sentir mal por la cosa más absurda. Si un niño sufre, ella lo hace también. Exageradamente.
            De un tiempo a esta parte, leemos libros que el otro ya ha leído. Se podría decir que hemos roto una regla no escrita que seguíamos desde que nos conocimos. Antes, cuando leíamos un libro que nos gustaba, se lo contábamos al otro hasta el final. Qué importaba, hay tantos libros que leer. Ahora leemos libros que el otro ya ha leído. Supongo que habrá influido el hecho de que la casa se nos está llenando de ellos y, probablemente, en las estanterías aguardan más no leídos que leídos. Y, por qué no decirlo, el hormigón de la rutina y de la convivencia que nos transforma poco a poco en seres más silenciosos y encorvados por el peso de líneas imaginarias de pensamiento que se enredan, como ésta, en las antenas de los tejados del barrio y que, a veces, gaviotas y palomas usan como reposaderos en sus vuelos y disputas de extrarradio.
            Una noche de invierno, de las primeras que salimos juntos, Rebeca me invitó a conocer su casa y, una vez allí, en la cocina me contó, entre besos y café, la historia de un libro de Murakami. Me gusta saber que nunca leeré ese libro porque ella me lo contó aquella noche. Después hicimos el amor despacio, me dijo que me quedara dentro, que no me moviera. Y nos mirábamos en la penumbra de madrugada, con las farolas dibujando espadas de luz en las paredes blancas de la habitación y yo pensaba en el gato que hablaba y en lo buena que era Rebeca contando historias. Y así también evitaba correrme.

 *

Llama Ana para decir que aceptó una oferta de trabajo de Médicos del Mundo y que se marcha a Birmania en un mes.



No hay comentarios:

días

cuadernos