Una de las
complejas líneas imaginarias de pensamiento, que regresaron tras la llamada
telefónica de mis padres, se enreda en las antenas erguidas sobre los viejos
tejados del barrio cuando, a media tarde, me asomo por la única ventana de casa
desde la que puedo ver el mar. Jero observa con curiosidad, tumbado en nuestra
cama, el móvil de madera que le hemos comprado en el mercado esta mañana y
Rebeca lee un libro de una escritora húngara que yo terminé la semana pasada.
Me lo recomendó Sebas y me atrapó desde el principio. Está compuesto por tres
partes que cuentan la misma historia, tres novelas diferentes reunidas en un
libro. Dos son mentira y una es verdad. Pero, cuando terminas de leer las tres,
no sabes cuál es la historia verdadera, que no real, porque las tres pueden ser
fruto de la imaginación de la escritora húngara, y cuáles, por eliminación, las
dos historias falsas. Me pareció un desarrollo muy original. Una línea de
pensamiento simple y compleja a la vez. A Rebeca no le está gustando tanto.
Dice que es por culpa del instinto maternal. Le hace sentir mal por la cosa más
absurda. Si un niño sufre, ella lo hace también. Exageradamente.
De un tiempo a esta parte, leemos
libros que el otro ya ha leído. Se podría decir que hemos roto una regla no
escrita que seguíamos desde que nos conocimos. Antes, cuando leíamos un libro
que nos gustaba, se lo contábamos al otro hasta el final. Qué importaba, hay
tantos libros que leer. Ahora leemos libros que el otro ya ha leído. Supongo
que habrá influido el hecho de que la casa se nos está llenando de ellos y,
probablemente, en las estanterías aguardan más no leídos que leídos. Y, por qué
no decirlo, el hormigón de la rutina y de la convivencia que nos transforma
poco a poco en seres más silenciosos y encorvados por el peso de líneas
imaginarias de pensamiento que se enredan, como ésta, en las antenas de los
tejados del barrio y que, a veces, gaviotas y palomas usan como reposaderos en
sus vuelos y disputas de extrarradio.
Una noche de invierno, de las
primeras que salimos juntos, Rebeca me invitó a conocer su casa y, una vez
allí, en la cocina me contó, entre besos y café, la historia de un libro de
Murakami. Me gusta saber que nunca leeré ese libro porque ella me lo contó
aquella noche. Después hicimos el amor despacio, me dijo que me quedara dentro,
que no me moviera. Y nos mirábamos en la penumbra de madrugada, con las farolas
dibujando espadas de luz en las paredes blancas de la habitación y yo pensaba
en el gato que hablaba y en lo buena que era Rebeca contando historias. Y así
también evitaba correrme.
*
Llama Ana para
decir que aceptó una oferta de trabajo de Médicos del Mundo y que se marcha a
Birmania en un mes.
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