Probablemente aquí
dentro esté todo lo que voy a echar de menos, dijo Ana antes de los
postres. Rebeca contestó que no sabía cómo tomarse el que la
comparara con un chipirón a la plancha o con un pedazo de tarta de
nueces.
Después de cenar en
Casa Zarracina nos despedimos con un par de besos y un abrazo.
Olvidamos consejos inútiles de despedidas, pero Ana y Rebeca no
pueden evitar las lágrimas. En Capua, envueltos por el frío del
nordeste y el olor intenso de las algas en descomposición, nos
separamos. Mientras Ana se aleja entre los coches, pienso que
corro el riesgo de que esta historia se llene de despedidas.
*
Rebeca
confiesa arrepentida haber leído sin permiso un poema que yo había
dejado escrito en la pantalla del ordenador. Dice que leer sin
permiso lo que escribo es horrible y que lo siente y que espera que
no vuelva a suceder. Yo intento quitarle importancia, aunque la
tiene. Pero me gusta que Rebeca lea lo que escribo. Y que lo haga sin
permiso lo hace más interesante por furtivo. Me permite
imaginármela. Me da una ventaja que no deseo, que no necesito, pero
que no me incomoda. Todo.
No tengo ningún secreto que ocultar, aunque guarde muchos.
Comenzamos a besarnos en el sillón y volvemos, después de meses, a
hacer el amor de noche, regresamos a lugares que permanecían
deshabitados desde nuestra marcha. Y ese ruido tan triste que hacen
dos cuerpos cuando se aman despierta a Jero.
*
La cama huele a ella y mi
cuerpo, antes de ducharme por la mañana, también. Me despido de los
dos con un beso y conduzco despacio hacia el trabajo. Disfruto de la
soledad y del silencio que me proporcionan el coche y el amanecer.
Recupero sensaciones que había olvidado. Regreso a ella desnuda,
dispuesta para la reconstrucción.
Apago el motor y me bajo
del coche. Después de llenar el depósito le digo a la chica de la
gasolinera que si puedo besarla y ella me mira con una cara extraña.
Dice que no, da media vuelta y desaparece. No voy a dejar de luchar.
No voy a olvidarlo.
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