sábado, diciembre 7

Toma, Jero, te regalo el mundo


Sebas cambia el decorado del escaparate. De rodillas, retira libros antiguos y coloca, sin mucho esmero, los de la nueva temporada, que acaba de recibir por correo. Pasa, el que me pediste está encima del mostrador. Yo no sé por qué son tan difíciles de encontrar las ediciones de bolsillo de los libros de Padura. Yo tampoco, contesto y me dirijo hacia donde Sebas indica, mientras pienso que hace unos días estuve hojeando la edición de bolsillo del libro de Padura que quería, La Neblina del Ayer, en la Casa del Libro.
Sebas se acerca. En las manos trae un balón de playa con el mapa del mundo dibujado en su superficie. Toma, Jero, te regalo el mundo. Sebas me mira, guiña un ojo y dice lo usaba como decorado en la estantería de libros de viajes, pero ya me he cansado de él, siempre acaba cayéndose al suelo. Jero atrapa el mundo con las dos manos, extendiendo bien los brazos para poder abarcarlo y me mira con los ojos grandes. Yo le acaricio la cabeza y sonrío. ¿Cuánto te debo, Sebas? Nada, contesta detrás del mostrador. Observo, colgadas en la pared, una fotografía de Hinault en las últimas rampas del Alpe d´Huez y otra de dos ciclistas que comparten un bidón de agua y a quienes no conozco. Mucho me temo que ya me has pagado el doble de lo que vale en cervezas. Sebas dirigie su mirada hacia donde se posa la mía y pregunta ¿quién de los tres murió de malaria a los cuarenta años? El de la fotografía de la izquierda es Hinault, el único de los de los tres que conozco. Y sé que aún está vivo. Los otros dos, ¿quiénes son? ¿Anquetil y Poulidor?. Sebas niega triste con la cabeza ¿Nos vemos esta noche en el Cantábrico?, pregunta cuando estoy a punto de salir por la puerta. Me temo que no, contesto. Rebeca trabaja.

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