Sebas cambia el decorado
del escaparate. De rodillas, retira libros antiguos y coloca, sin
mucho esmero, los de la nueva temporada, que acaba de recibir por
correo. Pasa, el que me pediste está encima del mostrador. Yo no sé
por qué son tan difíciles de encontrar las ediciones de bolsillo de
los libros de Padura. Yo tampoco, contesto y me dirijo hacia donde
Sebas indica, mientras pienso que hace unos días estuve hojeando la
edición de bolsillo del libro de Padura que quería, La Neblina del
Ayer, en la Casa del Libro.
Sebas se acerca. En las
manos trae un balón de playa con el mapa del mundo dibujado en su
superficie. Toma, Jero, te regalo el mundo. Sebas me mira, guiña un
ojo y dice lo usaba como decorado en la estantería de libros de
viajes, pero ya me he cansado de él, siempre acaba cayéndose al
suelo. Jero atrapa el mundo con las dos manos, extendiendo bien los
brazos para poder abarcarlo y me mira con los ojos grandes. Yo le
acaricio la cabeza y sonrío. ¿Cuánto te debo, Sebas? Nada,
contesta detrás del mostrador. Observo, colgadas en la pared, una
fotografía de Hinault en las últimas rampas del Alpe d´Huez y otra
de dos ciclistas que comparten un bidón de agua y a quienes no
conozco. Mucho me temo que ya me has pagado el doble de lo que vale
en cervezas. Sebas dirigie su mirada hacia donde se posa la mía y
pregunta ¿quién de los tres murió de malaria a los cuarenta años?
El de la fotografía de la izquierda es Hinault, el único de los de
los tres que conozco. Y sé que aún está vivo. Los otros dos,
¿quiénes son? ¿Anquetil y Poulidor?. Sebas niega triste con la
cabeza ¿Nos vemos esta noche en el Cantábrico?, pregunta cuando
estoy a punto de salir por la puerta. Me temo que no, contesto.
Rebeca trabaja.
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