sábado, diciembre 21

No necesitaba abrirlos para saber donde estaba

Ayer, de vuelta a casa desde el trabajo, en una de las pocas rectas que la carretera de montaña ofrece, de un salto desde la cuneta se apareció un corzo. Durante unos metros corrió a mi lado. Yo aminoré la velocidad para evitar atropellarlo si se cruzaba y el corzo se adelantó, corriendo ágil, sus pezuñas tocando apenas el asfalto, durante unos cien metros más, antes de desaparecer de nuevo en la maleza de la cuneta. Un animal dócil, pero salvaje, corriendo por una recta de asfalto en mitad de la montaña. Qué imagen tan bella. Pensé en Rebeca y en su vientre y en la línea aún cárdena que transversal la recorre. Pensé en Jero y en su sueño nunca interrumpido cuando por las mañanas, aún de madrugada, me despido de él y beso su frente. Cerré los ojos, apenas un instante. No necesitaba abrirlos para saber donde estaba.

                                                                 *

Rebeca grita para decir que no soy el mismo. Pega un portazo que convoca al silencio, un silencio que, de tan denso, resulta insoportable. Jero duerme, a pesar de todo. Hubiera querido preguntarle con qué yo me compara. No soy el mismo ¿Cuál? Y le daría la razón. Nadie es el mismo. Imposible no cambiar. Y creo que en realidad lo que Rebeca quería decir era que hemos cambiado de forma diferente y lo hemos hecho cada uno por nuestro lado, por nuestra cuenta y riesgo. Yo también podría decirle que no es la misma y pegar un portazo al cerrar la puerta de casa. Pero no es mi estilo. Yo soy más gota malaya. Ahora que, muy a mi pesar, soy el único que está despierto en casa, pienso que tendremos que hacer algo para volver al lugar en el que nos sentíamos seguros y empezar, de nuevo, a cambiar juntos. Si seguimos dando portazos y dejando que la gravedad nos venza con cadencia infinita, esta historia tendrá un final cerca del fuego o cerca de las cenizas. Entonces regreso a los días de verano encerrados en aquella habitación de la pensión del puerto de Ibiza, porque fue en ese momento cuando más cerca estuvimos el uno del otro, cuando nos cambiábamos sin oponer resistencia, es más, dichosos de hacerlo de ese modo. Nos moldeábamos, nos guiábamos, nos teníamos el uno al otro, nada más, el uno al otro y una habitación con ventanas a un patio interior en penumbra mientras afuera la ciudad ardía, los hombres se exhibían de la mano de mujeres que mostraban orgullosas sus tetas de silicona y el mar cambiaba con cada marea para no volver jamás a ser el mismo.

No hay comentarios:

días

cuadernos