lunes, diciembre 30

Los gorriones de Rulán


Aunque los gorriones pertenecen a Rulán, hacedor de palabras y ñoarante, hoy le tomo prestados los dos que se posan en el alféizar de la ventana mientras Jero y yo, después de comer, jugamos encima de la cama un juego que consiste en que él golpea con la palma de sus manos en mi vientre, en mi pecho, en mi costado izquierdo, en el brazo del mismo lado, yo me quejo exageradamente y él ríe carcajadas que dejan escapar un hilo grueso de baba que, como un alambre de funambulista en el que harán equilibrio sus palabras futuras, y creo que esta imagen o alguna muy parecida pertenece también a Rulán, se extiende desde su labio inferior hasta el pecho.
Los dos gorriones de Rulán se posan en el alféizar e inquietos, temblantes, manteniendo con diminutos aleteos un equilibrio que el nordeste amenaza, recorren el pretil durante unos segundos. Yo llamo la atención de Jero para que los observe y señalo con el índice en la dirección donde los dos pájaros están posados. Jero sonríe al ver mi dedo e imita el gesto sin esfuerzo, ahora que, desde hace unos días, aprendió a hacerlo. Yo le digo, mira Jero, son dos gorriones, macho y hembra. La hembra es la más pequeña de los dos, la que tiene el plumaje pardo. Y el macho, ¿lo ves?, tiene un babero como el tuyo, aunque de color negro, y las mejillas blancas y la cabeza de color gris. Cuando seas mayor, te los mostraré de nuevo y te enseñaré el nombre de todos los pájaros que conozco. Y leerás, si te apetece, los cien libros de Rulán.
Los gorriones emprenden el vuelo hacia antenas en las que disputarse el aire y las migas de pan con las palomas. Jero y yo, agotados de pegar, de gritar y de reír, nos quedamos dormidos. Sueño con otros pájaros, zopilotes que en el campo pelean con perros por el cadáver de un burro. Paseo, con Jero en mis brazos y, al ver la furia de la carroña, decido dar media vuelta y regresar al pueblo. Todo el mundo en las calles comenta el espectáculo de los zopilotes y de los perros. Las tiñosas acabarán por invadirnos, dice un hombre que está sentado en la terraza de un bar. Jero continua en mis brazos, sonriente y con el dedo índice extendido, apuntando a todos lados. Me alegro de que sea pequeño aún como para tener miedo.
Despierto de pronto. Jero continua dormido a mi lado. Le miro durante unos segundos y pienso qué pequeño y qué valiente. Y pienso también qué triste será la primera vez que sienta miedo. Le beso en la frente. Los gorriones de Rulán, o quizás otros, regresan a la ventana. Durante unos segundos, con saltos diminutos, como antes lo fueron sus aleteos, buscan algo que no encuentran en la tierra de los cactus. Primero el macho. Después la hembra. Desaparecen.

No hay comentarios:

días

cuadernos