Yo, de rodillas en el
suelo, le sujetaba las piernas para que no cayera de la silla en la
que, de pie, la fotógrafa le había colocado. Jero me observaba sin
entender qué ocurría, por qué yo estaba de rodillas, por qué le
sujetaba las piernas con mis manos. La fotógrafa dijo mira, cariño.
Él miró a la cámara y para siempre quedó el pelo rubio revuelto
en vedijas, ¿por qué nunca le peinas?, dijo Rebeca después, cuando
vio la fotografía, los ojos oscuros de mirada asustada y la boca, de
labios intensamente rojos, entreabierta.
El policía de la aduana
observa la fotografía durante unos segundos. Después me devuelve el
pasaporte, sin mirarme siquiera a los ojos. Cojo a Jero en brazos y
cruzamos la frontera.
*
La
mitología de los aeropuertos. La extensión ajetreada de los
gigantes que amas. Los cien lenguajes que se hablan como las cien
mujeres que viajan conmigo. Abandonar el frío para sumergirte en un
verano que agoniza. El papel, la tinta y el cobre troquelado que se
usan por convenio como dinero. Cada ciudad huele diferente, dice
Rebeca al llegar al apartamento. Sólo cuando pase el tiempo,
tendremos una visión más nítida de estos días, el big
picture
que dicen los ingleses. Abro las puertas que dan al patio interior,
escucho el ruido de máquinas móviles, de mujeres salvajes, de
hombres frágiles. El pampero agita las antenas. Nos metemos los tres
en la ducha. Jero ríe a carcajadas. Rebeca me mira fijamente a los
ojos y dice ahora se trata de vivirlo. Tiempo vas a tener después de
escribir.
*
Buenos Aires es una gran
cafetera que hierve el día. Nosotros, al fin, despojados del
invierno y descalzos, que es el único modo de caminar por las
ciudades que amas cuando no vas a estar en ellas mucho tiempo,
recorremos las calles empedradas de San Telmo buscando las sombras,
Rebeca la sorpresa y yo reconocerme en los lugares que años atrás
ya había pisado. Jero duerme en la silla, ajeno a los cambios.
Despertó de madrugada pidiendo agua. Estamos en el sur, enano. Lo
más al sur que jamás hayas estado. Me senté a su lado hasta que,
de nuevo, se quedó dormido. Los primeros rayos del sol alcanzaron
las paredes blancas del patio interior. Amaneció al tiempo que
hervía el agua en el fuego. Rebeca, desde la cama, al verme pasar
dijo vente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario