viernes, enero 31

La mitología de los aeropuertos


Yo, de rodillas en el suelo, le sujetaba las piernas para que no cayera de la silla en la que, de pie, la fotógrafa le había colocado. Jero me observaba sin entender qué ocurría, por qué yo estaba de rodillas, por qué le sujetaba las piernas con mis manos. La fotógrafa dijo mira, cariño. Él miró a la cámara y para siempre quedó el pelo rubio revuelto en vedijas, ¿por qué nunca le peinas?, dijo Rebeca después, cuando vio la fotografía, los ojos oscuros de mirada asustada y la boca, de labios intensamente rojos, entreabierta.
El policía de la aduana observa la fotografía durante unos segundos. Después me devuelve el pasaporte, sin mirarme siquiera a los ojos. Cojo a Jero en brazos y cruzamos la frontera.

*

La mitología de los aeropuertos. La extensión ajetreada de los gigantes que amas. Los cien lenguajes que se hablan como las cien mujeres que viajan conmigo. Abandonar el frío para sumergirte en un verano que agoniza. El papel, la tinta y el cobre troquelado que se usan por convenio como dinero. Cada ciudad huele diferente, dice Rebeca al llegar al apartamento. Sólo cuando pase el tiempo, tendremos una visión más nítida de estos días, el big picture que dicen los ingleses. Abro las puertas que dan al patio interior, escucho el ruido de máquinas móviles, de mujeres salvajes, de hombres frágiles. El pampero agita las antenas. Nos metemos los tres en la ducha. Jero ríe a carcajadas. Rebeca me mira fijamente a los ojos y dice ahora se trata de vivirlo. Tiempo vas a tener después de escribir.

*

Buenos Aires es una gran cafetera que hierve el día. Nosotros, al fin, despojados del invierno y descalzos, que es el único modo de caminar por las ciudades que amas cuando no vas a estar en ellas mucho tiempo, recorremos las calles empedradas de San Telmo buscando las sombras, Rebeca la sorpresa y yo reconocerme en los lugares que años atrás ya había pisado. Jero duerme en la silla, ajeno a los cambios. Despertó de madrugada pidiendo agua. Estamos en el sur, enano. Lo más al sur que jamás hayas estado. Me senté a su lado hasta que, de nuevo, se quedó dormido. Los primeros rayos del sol alcanzaron las paredes blancas del patio interior. Amaneció al tiempo que hervía el agua en el fuego. Rebeca, desde la cama, al verme pasar dijo vente.

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