Sebas lee El Libro de las
Ausencias y dice que me estoy encasillando. Tienes que dejar de
escribir de suicidios y de drogas. ¿Quieres otra?, le ofrezco. Sebas
asiente mientras observa su vaso vacío. Busco la atención de la
camarera y con el dedo índice y el medio de la mano izquierda
extendidos le pido otras dos. Así aprovecho el silencio que nos
envuelve para pensar una respuesta. Ahora estoy escribiendo una
historia en la que no hay suicidios ni hay drogas. Pero alguien se
muere, me interrumpe Sebas, antes de estirar la espalda y beber un
trago de cerveza. Posa después el vaso en la barra y le guiña el
ojo a la camarera. Ella le mira sin que la expresión de su cara se
modifique un ápice. Sí, es verdad, hay un par de muertes, continúo.
Bueno, uno de los personajes comienza muerto la novela. ¿Qué
dices?, contesta de repente Sebas, como puesto en acción por un
mecanismo desconocido para mí pero que ha accionado mi respuesta.
Yo, sorprendido y agitado por su pregunta, intento explicarme, digo
que... Sebas levanta la palma de su mano izquierdo para pedir
silencio. Te he oído, no hace falta que lo repitas. Mueve la cabeza
en horizontal. Es un error, no es tu estilo, tú no puedes resucitar
a nadie en una novela. No va a quedar bien. No vas a saber hacerlo.
Bebo un trago de cerveza. Un negro, joven, alto y de facciones
agradables, abre la puerta del bar y, cargado con copias ilegales de
discos y de películas y pulseras de cuero anudadas en un cilindro de
cartón, entra en el bar, se acerca hasta el lugar de la barra en el
que estamos sentados y, con un gesto y una sonrisa, nos ofrece su
mercancía. Sebas da media vuelta, se interesa y le pregunta de dónde
viene. Senegal, contesta el muchacho. Lejos, murmura Sebas. Dame ésta
roja, esta otra azul para mi amigo y este disco. ¿Quieres una
cerveza?, le pregunta Sebas después de la compra. El muchacho nos
mira y niega lentamente con la cabeza. No. Muslim. Dos palabras y nos
damos por enterados. Gracias. La tercera. Recoge los discos que había
expuesto en la barra para Sebas y se marcha por donde ha venido. Tal
vez cuando camina por las calles de la ciudad, canta y se le llenan
los ojos de lágrimas ¿Dónde estábamos?, pregunta Sebas a los
pocos segundos. Ah, sí. Que no. Que no puedes resucitar a un
personaje. Si empieza muerto, tiene que continuar y terminar muerto.
Hazme caso. Escribe sobre lo que sabes hacer. Literatura dispersa y
no te líes. Pero Sebas, yo no he dicho que vaya a resucitarlo. Eso
te lo has inventado tú. ¿No? ¿Seguro? Ah, vaya, bueno. Por cierto,
Coppi. Don Fausto Coppi, ganador de cinco Giros de Italia. Viajó en
1959 a África para participar en una carrera y en una cacería. Allí
contrajo la malaria que le llevó a la muerte un año después. En la
fotografía aparece compartiendo el agua con Bartali, su gran
enemigo. Eran otros tiempos.
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