domingo, enero 5

Tienes que dejar de escribir de suicidios y de drogas


Sebas lee El Libro de las Ausencias y dice que me estoy encasillando. Tienes que dejar de escribir de suicidios y de drogas. ¿Quieres otra?, le ofrezco. Sebas asiente mientras observa su vaso vacío. Busco la atención de la camarera y con el dedo índice y el medio de la mano izquierda extendidos le pido otras dos. Así aprovecho el silencio que nos envuelve para pensar una respuesta. Ahora estoy escribiendo una historia en la que no hay suicidios ni hay drogas. Pero alguien se muere, me interrumpe Sebas, antes de estirar la espalda y beber un trago de cerveza. Posa después el vaso en la barra y le guiña el ojo a la camarera. Ella le mira sin que la expresión de su cara se modifique un ápice. Sí, es verdad, hay un par de muertes, continúo. Bueno, uno de los personajes comienza muerto la novela. ¿Qué dices?, contesta de repente Sebas, como puesto en acción por un mecanismo desconocido para mí pero que ha accionado mi respuesta. Yo, sorprendido y agitado por su pregunta, intento explicarme, digo que... Sebas levanta la palma de su mano izquierdo para pedir silencio. Te he oído, no hace falta que lo repitas. Mueve la cabeza en horizontal. Es un error, no es tu estilo, tú no puedes resucitar a nadie en una novela. No va a quedar bien. No vas a saber hacerlo. Bebo un trago de cerveza. Un negro, joven, alto y de facciones agradables, abre la puerta del bar y, cargado con copias ilegales de discos y de películas y pulseras de cuero anudadas en un cilindro de cartón, entra en el bar, se acerca hasta el lugar de la barra en el que estamos sentados y, con un gesto y una sonrisa, nos ofrece su mercancía. Sebas da media vuelta, se interesa y le pregunta de dónde viene. Senegal, contesta el muchacho. Lejos, murmura Sebas. Dame ésta roja, esta otra azul para mi amigo y este disco. ¿Quieres una cerveza?, le pregunta Sebas después de la compra. El muchacho nos mira y niega lentamente con la cabeza. No. Muslim. Dos palabras y nos damos por enterados. Gracias. La tercera. Recoge los discos que había expuesto en la barra para Sebas y se marcha por donde ha venido. Tal vez cuando camina por las calles de la ciudad, canta y se le llenan los ojos de lágrimas ¿Dónde estábamos?, pregunta Sebas a los pocos segundos. Ah, sí. Que no. Que no puedes resucitar a un personaje. Si empieza muerto, tiene que continuar y terminar muerto. Hazme caso. Escribe sobre lo que sabes hacer. Literatura dispersa y no te líes. Pero Sebas, yo no he dicho que vaya a resucitarlo. Eso te lo has inventado tú. ¿No? ¿Seguro? Ah, vaya, bueno. Por cierto, Coppi. Don Fausto Coppi, ganador de cinco Giros de Italia. Viajó en 1959 a África para participar en una carrera y en una cacería. Allí contrajo la malaria que le llevó a la muerte un año después. En la fotografía aparece compartiendo el agua con Bartali, su gran enemigo. Eran otros tiempos.

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