viernes, enero 24

El problema está en las ciudades que amamos y en los libros que leemos


Nueva Orleans. Madrid. Bangkok. Lisboa. San Sebastián. Buenos Aires. Catania. Gijón. Dublín. Montevideo. Salamanca. Berlín. Barcelona. Nueva York. Granada.

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Decían en la película Una Canción del Pasado que el problema está en las ciudades que amamos y en los libros que leemos. O algo así. Y eso es mentira. El problema es creer que en esas ciudades que, por supuesto, amamos, se puede vivir como lo hacen los personajes de los libros que leemos.
Mandar a la mierda las tardes grises de invierno, hacer la maleta y meterte corriendo en el vientre de un avión, de la mano de dos de las seis personas que te importan en este mundo. Y que hacerlo te niegue el futuro.

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No sé explicar qué es amar una ciudad, ni por qué amas unas ciudades y no otras. Tal vez amar una ciudad es vivir en ella, aunque no sea más que veinticuatro horas. Una noche. Supongo que amar una ciudad es sentir que formas parte de ella, que te acoge, que te abraza en su seno de cemento y palmeras y, aunque te marches, ya no lo haces. Te quedas. Amas una ciudad porque quieres volver a ella, porque la buscas en tus recuerdos, porque cierras los ojos antes de dormir y evocas la imagen que tienes del cielo que la cubre y piensas qué estará sucediendo en sus calles y te preguntas quién o qué la amenaza, qué nombre recibe el viento que la mece, cuál el que la azota. Amas ciudades cuando escribir sobre ellas te permite regresar a sus calles, obviar el tiempo, acortar la distancia.

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