Nueva Orleans. Madrid.
Bangkok. Lisboa. San Sebastián. Buenos Aires. Catania. Gijón.
Dublín. Montevideo. Salamanca. Berlín. Barcelona. Nueva York.
Granada.
*
Decían en la película
Una Canción del Pasado que el problema está en las ciudades que
amamos y en los libros que leemos. O algo así. Y eso es mentira. El
problema es creer que en esas ciudades que, por supuesto, amamos, se
puede vivir como lo hacen los personajes de los libros que leemos.
Mandar a la mierda las
tardes grises de invierno, hacer la maleta y meterte corriendo en el
vientre de un avión, de la mano de dos de las seis personas que te
importan en este mundo. Y que hacerlo te niegue el futuro.
*
No sé explicar qué es
amar una ciudad, ni por qué amas unas ciudades y no otras. Tal vez
amar una ciudad es vivir en ella, aunque no sea más que veinticuatro
horas. Una noche. Supongo que amar una ciudad es sentir que formas
parte de ella, que te acoge, que te abraza en su seno de cemento y
palmeras y, aunque te marches, ya no lo haces. Te quedas. Amas una
ciudad porque quieres volver a ella, porque la buscas en tus
recuerdos, porque cierras los ojos antes de dormir y evocas la imagen
que tienes del cielo que la cubre y piensas qué estará sucediendo
en sus calles y te preguntas quién o qué la amenaza, qué nombre
recibe el viento que la mece, cuál el que la azota. Amas ciudades
cuando escribir sobre ellas te permite regresar a sus calles, obviar
el tiempo, acortar la distancia.
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