lunes, enero 13

Mundos


Entonces Jero, sentado en el suelo, seguro ya de no caerse de espaldas o de perder el equilibrio en el intento de comenzar a gatear, observa entres sus manos un cubo de plástico azul, dándole vueltas y más vueltas, como un modo de describir sus perfiles. Y creo que se siente seguro de esto modo, puesto que, de una u otra manera, es el centro desde el que gravita todo el mundo por él conocido, un mundo que a un adulto puede resultarle demasiado pequeño y que, si es así, estará equivocado, puesto que no creo que ningún ser humano pueda ser tan vanidoso como para creerse centro de un mundo que vaya más allá, un mundo cuyas fronteras sobrepasen los límites de una habitación, y que en su interior se encuentren los tres o cuatro objetos que nos pertenecen, una canción, el ruido de la calle a media tarde o la voz de nuestro padre o de nuestra madre. Mundos pequeños relacionados entre sí por el tiempo y por el espacio, mundos que el ser humano convierte en maleables, líquidos, perecederos, con el fin de que nos protejan durante toda la vida y nos acompañen en el cambio inevitable que nos llevará hasta la muerte. Un mundo, como el que Jero gobierna, donde podemos sentirnos seguros y libres.
Jero levanta la cabeza y me mira durante unos segundos, después regresa al cubo de plástico azul que tiene entre las manos y, de nuevo, me mira a la vez que extiende su brazo derecho para ofrecerme aquel objeto que conforma su mundo, si conformar significa dar formar a algo, la manera más frecuente en la que Jero comparte su mundo conmigo y me hace sentir dichoso. Un cubo de plástico azul que, junto con otros ocho de diferente tamaño y color, construyen una torre que Jero aún sólo puede derribar. Ya llegan los días en los que Jero comienza a construir su mundo y el mejor modo de hacerlo es derribando torres. No hay otra manera.
Rebeca, que está sentada delante del ordenador en la mesa de la cocina, dice entonces de acuerdo, nos vamos a Argentina. Jero permanece en su mundo, en el que sólo sus palabras son inteligibles, no las nuestras. Yo entro en el de Rebeca, sin abandonar el mío. Y pienso en un viaje tan largo. Y pienso en aquel amanecer cuando, desde la ventanilla del avión, descubrí la ciudad de Buenos Aires.

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