Entonces Jero, sentado en
el suelo, seguro ya de no caerse de espaldas o de perder el
equilibrio en el intento de comenzar a gatear, observa entres sus
manos un cubo de plástico azul, dándole vueltas y más vueltas,
como un modo de describir sus perfiles. Y creo que se siente seguro
de esto modo, puesto que, de una u otra manera, es el centro desde el
que gravita todo el mundo por él conocido, un mundo que a un adulto
puede resultarle demasiado pequeño y que, si es así, estará
equivocado, puesto que no creo que ningún ser humano pueda ser tan
vanidoso como para creerse centro de un mundo que vaya más allá, un
mundo cuyas fronteras sobrepasen los límites de una habitación, y
que en su interior se encuentren los tres o cuatro objetos que nos
pertenecen, una canción, el ruido de la calle a media tarde o la voz
de nuestro padre o de nuestra madre. Mundos pequeños relacionados
entre sí por el tiempo y por el espacio, mundos que el ser humano
convierte en maleables, líquidos, perecederos, con el fin de que nos
protejan durante toda la vida y nos acompañen en el cambio
inevitable que nos llevará hasta la muerte. Un mundo, como el que
Jero gobierna, donde podemos sentirnos seguros y libres.
Jero levanta la cabeza y
me mira durante unos segundos, después regresa al cubo de plástico
azul que tiene entre las manos y, de nuevo, me mira a la vez que
extiende su brazo derecho para ofrecerme aquel objeto que conforma su
mundo, si conformar significa dar formar a algo, la manera más
frecuente en la que Jero comparte su mundo conmigo y me hace sentir
dichoso. Un cubo de plástico azul que, junto con otros ocho de
diferente tamaño y color, construyen una torre que Jero aún sólo
puede derribar. Ya llegan los días en los que Jero comienza a
construir su mundo y el mejor modo de hacerlo es derribando torres.
No hay otra manera.
Rebeca, que está
sentada delante del ordenador en la mesa de la cocina, dice entonces
de acuerdo, nos vamos a Argentina. Jero permanece en su mundo, en el
que sólo sus palabras son inteligibles, no las nuestras. Yo entro en
el de Rebeca, sin abandonar el mío. Y pienso en un viaje tan largo.
Y pienso en aquel amanecer cuando, desde la ventanilla del avión,
descubrí la ciudad de Buenos Aires.
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