domingo, enero 19

La idea consiste en imaginar que estás en Bangkok



y soñaba con irme, sencillamente
y me fui, sencillamente
Perro de aeropuerto, Claudio Burguez


Gijón, 12/1/2013

Ana,

la idea consiste en imaginar que estás en Bangkok y que, después de ducharte, te tumbas en la cama, como describes en el mensaje, y observas tus pies que, a través del ventanal, parecen flotar sobre el Chao Phraya mientras se hace de noche en la ciudad, a muchas horas y a muchos kilómetros de aquí. Y porque estás en uno de los pisos más altos del edificio puedes ver la otra orilla del río, perfilada por pequeñas luces amarillas en una larga extensión de kilómetros y yo pienso en decirte calcula, tres personas por cada luz, Bangkok está plagado de gente. Imagino también que terminas de escribir el mensaje y le das al botón de enviar y después, como dices, comienzas a leer un libro de Bolaño. Supongo que en este tipo de relatos o en este tipo de situaciones, lo único que se puede leer es un libro de Bolaño. Cualquier otro autor no encajaría. Bueno, tal vez Vila-Matas, aunque es algo subjetivo, por el mero hecho de que a mí me gusta mucho Vila-Matas; pero también mucho Bolaño. 
 
Después salí a tomar una cerveza con Sebas, un buen amigo, uno de esos amigos con los que ya puedes compartir silencios, y es que él y yo somos de muchos silencios, y, para romper uno de ellos, le conté que me habías enviado, desde Birmania, Fabulosas Narraciones por Historias, de Orejudo, quien, bien pensado, también encaja en este tipo de relatos y en este tipo de situaciones, y que yo creía haberte recomendado Los Detectives Salvajes, de Bolaño, y que acababas de ducharte en el piso veinticinco de un hotel en Bangkok con vistas al Chao Phraya y que te disponías a empezar el libro de Bolaño. Y él dijo que era una imagen preciosa: Bangkok, la altura, el río, la noche, tus pies, el libro y dijo también que la envidia que te tenía en ese momento era tan grande que dudaba que pudiera borrarse con la cerveza siguiente. Se levantó para pedirle al camarero dos cervezas más, regresó a la mesa y continuó la conversación en la última palabra que había dicho antes de levantarse: siguiente. Envidia porque hay libros que solo vas a leer una vez en tu vida, dijo, la primera, y lo que tú estabas a punto de hacer en la noche de Bangkok, él ya lo había hecho, seis años antes, en el aeropuerto de El Prat y le dolía pensar que leer por primera vez Los Detectives Salvajes era algo que ya no podría volver a hacer en toda su puta vida. Sí, dijo puta vida y después bebió un trago largo de cerveza, posó el vaso en la mesa y me miró con unos ojos inmensamente tristes, como culpándome por haberle recordado el momento en que él comenzó a leer por primera vez Los Detectives Salvajes en la sala de embarque de un aeropuerto. Yo, para volver a romper el silencio, aunque los dos estábamos muy cómodos instalados en él, le dije que a mí lo que más me jodía no era no poder empezarlo por primera vez nunca más, Los Detectives Salvajes y otros muchos más, de Bolaño y de otros muchos más. Lo que más me jodía y lo que más me gustaba, al mismo tiempo, porque es cierto que el placer y el dolor residen en lugares cercanos, era sentir esa tristeza que se siente al terminar ciertos libros, que es una idea elaborada que me pareció interesante porque exponerla parecía hacerme interesante y que pude exponer con claridad porque días antes ya te la había expuesto a ti en un mensaje. Exponer, cuántas veces. Sebas se quedó otra vez callado, para mi sorpresa, lo que me hizo pensar que era sobre todo él y no yo el que se sentía más cómodo instalado en el silencio. No supe qué más decir y decidí sentirme cómodo en nuestro silencio de buenos amigos; pero, claro, uno no puede decidir sentirse, porque encadenar verbos, sobre todo si dos de ellos son infinitivos y uno de ellos reflexivo, es complicado, igual que encadenar sustantivos abstractos, como escribió Camus en La Peste, conduce a la melancolía. Supongo que me acordé de Camus y de La Peste porque también forma parte de esos libros y de esos autores que tienen sitio en este tipo de relatos y en este tipo de situaciones y porque terminar de leer ese libro me provocó una tristeza profunda o, mejor dicho, me condujo a una gran melancolía. Bebí un trago de cerveza para olvidar Orán y las ratas y La Peste y Camus y, por tercera vez, rompí el silencio. ¿Qué piensas?, le dije, aún a riesgo de mandar al garete, o a arrollar por los imbornales, que diría mi abuelo, la conversación, la noche y nuestra amistad de silencios. Una vez tuve una novia que cada vez que le preguntaba qué piensas dejaba de hablarme durante días. Sin embargo, Sebas continuó haciéndolo. Pensaba que eso significa que yo soy más de principios y tú más de finales, dijo. Y pensaba también que tu amiga es una hija de la gran puta porque no se puede empezar a leer Los Detectives Salvajes tumbada en la cama de un hotel a veinticinco pisos del suelo de Bangkok, frente al Chao Phraya. O, mejor, sí se puede. Lo que no se puede es andar contándolo por ahí, para que se propague y llegue a mis oídos y yo me tenga que cagar en su puta madre porque me corroe la envidia y porque no va a haber cerveza suficiente en esta ciudad ni en esta noche que me haga olvidar. Será mejor que me marche para casa. Empezaré a leer un libro. Y se echó a reír. 
 
Han pasado los días y no he vuelto a pensar en la conversación con Sebas hasta que hoy, en la pantalla del ordenador, encuentro un nuevo mensaje tuyo. Nada nuevo, que si sigues en Bangkok, que si quieres aprender a hacer masajes tailandeses, que si la crisis, que si los libros amontonados en el suelo. Pero yo te leo con una alegría inmensa y silenciosa, aunque comience a sospechar que no soy tan de silencios como creía, que se diluye en un poso de tristeza al terminar. Entonces pienso en Sebas y en su envidia y en el hecho de que él pensara que yo soy más de finales y él más de principios. Y probablemente sea cierto, concluyo después de un rato en silencio mientras bebo el café caliente que entibia en la taza. Creo que Sebas tiene razón, que yo soy más de finales. Y que tengo una especie de sentimiento, diría trágico o melancólico de la vida, que se acentúa con los libros tristes que terminan tristes o con las canciones tristes que terminan tristes en acordes menores tocados por instrumentos de viento. Terminar un buen libro triste, escuchar una canción lenta y triste, leer los mensajes que escribes desde el piso veinticinco de un hotel en Bangkok me ponen triste o me conducen a la melancolía que se oculta detrás de los sustantivos abstractos o de los verbos infinitivos y reflexivos. Del mismo modo, sin saber por qué, sin encontrar un hilo argumental que lo relacione. Será que soy de finales, de silencios, de leer lo que escribes y, sobre todo, de escribir, un par de veces al mes, palabras para que tú en Gijón, en Bangkok, en Rangún, quién sabe en qué ciudad, las leas.
Un beso. Chau.
Santiago.

P.D: ¿Viste? No me hizo falta hacerte parecer tonta, ni matarte, ni tan siquiera quitarte la ropa. Aunque te tuve sola en una habitación de hotel y pude haber hecho contigo lo que hubiera querido.

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