y soñaba con irme, sencillamente
y me fui, sencillamente
Perro de aeropuerto, Claudio Burguez
Gijón, 12/1/2013
Ana,
la idea consiste en imaginar que estás
en Bangkok y que, después de ducharte, te tumbas en la cama, como
describes en el mensaje, y observas tus pies que, a través del
ventanal, parecen flotar sobre el Chao Phraya mientras se hace de
noche en la ciudad, a muchas horas y a muchos kilómetros de aquí. Y
porque estás en uno de los pisos más altos del edificio puedes ver
la otra orilla del río, perfilada por pequeñas luces amarillas en
una larga extensión de kilómetros y yo pienso en decirte calcula,
tres personas por cada luz, Bangkok está plagado de gente. Imagino
también que terminas de escribir el mensaje y le das al botón de
enviar y después, como dices, comienzas a leer un libro de Bolaño.
Supongo que en este tipo de relatos o en este tipo de situaciones, lo
único que se puede leer es un libro de Bolaño. Cualquier otro autor
no encajaría. Bueno, tal vez Vila-Matas, aunque es algo subjetivo,
por el mero hecho de que a mí me gusta mucho Vila-Matas; pero
también mucho Bolaño.
Después salí a tomar una cerveza
con Sebas, un buen amigo, uno de esos amigos con los que ya puedes
compartir silencios, y es que él y yo somos de muchos silencios, y,
para romper uno de ellos, le conté que me habías enviado, desde
Birmania, Fabulosas Narraciones por Historias, de Orejudo, quien,
bien pensado, también encaja en este tipo de relatos y en este tipo
de situaciones, y que yo creía haberte recomendado Los Detectives
Salvajes, de Bolaño, y que acababas de ducharte en el piso
veinticinco de un hotel en Bangkok con vistas al Chao Phraya y que te
disponías a empezar el libro de Bolaño. Y él dijo que era una
imagen preciosa: Bangkok, la altura, el río, la noche, tus pies, el
libro y dijo también que la envidia que te tenía en ese momento era
tan grande que dudaba que pudiera borrarse con la cerveza siguiente.
Se levantó para pedirle al camarero dos cervezas más, regresó a la
mesa y continuó la conversación en la última palabra que había
dicho antes de levantarse: siguiente. Envidia porque hay libros que
solo vas a leer una vez en tu vida, dijo, la primera, y lo que tú
estabas a punto de hacer en la noche de Bangkok, él ya lo había
hecho, seis años antes, en el aeropuerto de El Prat y le dolía
pensar que leer por primera vez Los Detectives Salvajes era algo que
ya no podría volver a hacer en toda su puta vida. Sí, dijo puta
vida y después bebió un trago largo de cerveza, posó el vaso en la
mesa y me miró con unos ojos inmensamente tristes, como culpándome
por haberle recordado el momento en que él comenzó a leer por
primera vez Los Detectives Salvajes en la sala de embarque de un
aeropuerto. Yo, para volver a romper el silencio, aunque los dos
estábamos muy cómodos instalados en él, le dije que a mí lo que
más me jodía no era no poder empezarlo por primera vez nunca más,
Los Detectives Salvajes y otros muchos más, de Bolaño y de otros
muchos más. Lo que más me jodía y lo que más me gustaba, al mismo
tiempo, porque es cierto que el placer y el dolor residen en lugares
cercanos, era sentir esa tristeza que se siente al terminar ciertos
libros, que es una idea elaborada que me pareció interesante porque
exponerla parecía hacerme interesante y que pude exponer con
claridad porque días antes ya te la había expuesto a ti en un
mensaje. Exponer, cuántas veces. Sebas se quedó otra vez callado,
para mi sorpresa, lo que me hizo pensar que era sobre todo él y no
yo el que se sentía más cómodo instalado en el silencio. No supe
qué más decir y decidí sentirme cómodo en nuestro silencio de
buenos amigos; pero, claro, uno no puede decidir sentirse, porque
encadenar verbos, sobre todo si dos de ellos son infinitivos y uno de
ellos reflexivo, es complicado, igual que encadenar sustantivos
abstractos, como escribió Camus en La Peste, conduce a la
melancolía. Supongo que me acordé de Camus y de La Peste porque
también forma parte de esos libros y de esos autores que tienen
sitio en este tipo de relatos y en este tipo de situaciones y porque
terminar de leer ese libro me provocó una tristeza profunda o, mejor
dicho, me condujo a una gran melancolía. Bebí un trago de cerveza
para olvidar Orán y las ratas y La Peste y Camus y, por tercera vez,
rompí el silencio. ¿Qué piensas?, le dije, aún a riesgo de mandar
al garete, o a arrollar por los imbornales, que diría mi abuelo, la
conversación, la noche y nuestra amistad de silencios. Una vez tuve
una novia que cada vez que le preguntaba qué piensas dejaba de
hablarme durante días. Sin embargo, Sebas continuó haciéndolo.
Pensaba que eso significa que yo soy más de principios y tú más de
finales, dijo. Y pensaba también que tu amiga es una hija de la gran
puta porque no se puede empezar a leer Los Detectives Salvajes
tumbada en la cama de un hotel a veinticinco pisos del suelo de
Bangkok, frente al Chao Phraya. O, mejor, sí se puede. Lo que no se
puede es andar contándolo por ahí, para que se propague y llegue a
mis oídos y yo me tenga que cagar en su puta madre porque me corroe
la envidia y porque no va a haber cerveza suficiente en esta ciudad
ni en esta noche que me haga olvidar. Será mejor que me marche para
casa. Empezaré a leer un libro. Y se echó a reír.
Han pasado los días y
no he vuelto a pensar en la conversación con Sebas hasta que hoy, en
la pantalla del ordenador, encuentro un nuevo mensaje tuyo. Nada
nuevo, que si sigues en Bangkok, que si quieres aprender a hacer
masajes tailandeses, que si la crisis, que si los libros amontonados
en el suelo. Pero yo te leo con una alegría inmensa y silenciosa,
aunque comience a sospechar que no soy tan de silencios como creía,
que se diluye en un poso de tristeza al terminar. Entonces pienso en
Sebas y en su envidia y en el hecho de que él pensara que yo soy más
de finales y él más de principios. Y probablemente sea cierto,
concluyo después de un rato en silencio mientras bebo el café
caliente que entibia en la taza. Creo que Sebas tiene razón, que yo
soy más de finales. Y que tengo una especie de sentimiento, diría
trágico o melancólico de la vida, que se acentúa con los libros
tristes que terminan tristes o con las canciones tristes que terminan
tristes en acordes menores tocados por instrumentos de viento.
Terminar un buen libro triste, escuchar una canción lenta y triste,
leer los mensajes que escribes desde el piso veinticinco de un hotel
en Bangkok me ponen triste o me conducen a la melancolía que se
oculta detrás de los sustantivos abstractos o de los verbos
infinitivos y reflexivos. Del mismo modo, sin saber por qué, sin
encontrar un hilo argumental que lo relacione. Será que soy de
finales, de silencios, de leer lo que escribes y, sobre todo, de
escribir, un par de veces al mes, palabras para que tú en Gijón, en
Bangkok, en Rangún, quién sabe en qué ciudad, las leas.
Un beso. Chau.
Santiago.
P.D: ¿Viste? No me hizo
falta hacerte parecer tonta, ni matarte, ni tan siquiera quitarte la
ropa. Aunque te tuve sola en una habitación de hotel y pude haber
hecho contigo lo que hubiera querido.
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